VIDEOS VIOLENTOS: Motivan la criminalidad

Los videojuegos violentos son la causa principal para la aparición de la criminalidad entre los jóvenes, según revela el estudio de un experto alemán.

Si bien la pobreza en la familia, la mala relación entre padres e hijos y otras circunstancias pueden provocar la aparición de conductas criminales, los juegos violentos de computadora son, antes que las series violentas y las películas de terror, la causa más significativa de delitos como palizas, vandalismo, mobbing o destrozos de máquinas automáticas.

Así se deduce de la investigación aún no publicada de Werner Hopf, un psicólogo escolar de Munich, que adelanta la revista Geo Wissen y reproduce la agencia DPA.

Para llevar a cabo su estudio, Hopf estudió el caso de 653 escolares. La investigación también reveló que el consumo excesivo de videojuegos violentos afecta negativamente al rendimiento escolar en materias como inglés y alemán.

Para llegar a esas conclusiones, Hopf analizó durante un periodo de dos años la cantidad de violencia mediática que consumen los jóvenes y su comportamiento posterior.

Su estudio corrobora el realizado en 2007 por el investigador estadounidense Craig Anderson, de la Iowa State University, especializado en agresiones.

En el estudio de Anderson, sin embargo, los videojuegos violentos ocupaban el segundo lugar en la lista de causas que pueden motivar la aparición de conductas criminales.

Las masacres en colegios alemanes a manos de jóvenes que solían jugar a esos videojuegos han abierto un fuerte debate en el país sobre la posibilidad de prohibir ese tipo de entretenimientos violentos.

 Pero las empresas del sector y varios grupos civiles declinaron cualquier tipo de relación directa. Por el momento, al igual que en Alemania, en nuestro país no existe legislación al respecto.

VECINOS PODRÁN VOTAR POR CELULAR

Los habitantes de La Plata podrán votar por mensaje de texto los proyectos barriales que se realizarán a través del Presupuesto Participativo 2009, en una elección que se llevará a cabo los días 6, 7, 13, y 14 de diciembre.

La votación abarca más de 300 proyectos presentados por los distintos barrios de la ciudad platense, que estarán a consideración de los vecinos y que incluyen las obras que se desarrollarán durante el año próximo. De esa nómina  de ideas a votar, la gente podrá elegir por mayoría cuáles son los más interesantes y luego el Municipio hará los trabajos. De este sistema queda fuera la elección de los cargos públicos.

“Lo novedoso es que incorporaremos la votación a través de mensaje de texto, con lo cual esperamos una amplia participación de la ciudadanía, sobre todo de los jóvenes”, sostuvo el Intendente Pablo Bruera, al presentar los alcances del comicio.

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Tecnopolítica al servicio del vecino

Las personas habilitadas para votar a través del SMS deberán ser mayores de 16 años, y enviar un mensaje de texto a un número que informarán desde el Ejecutivo Municipal, con la cifra del proyecto por el que se vota y el documento de identidad.

Para la implementación de estas tecnologías, la comuna contó con el asesoramiento de la Universidad Tecnológica Nacional y de técnicos en informática que asegurarán el correcto funciomamiento del sorfware municipal, habilitado para el voto por mensaje de texto.

EUROPA: Internet para conseguir votos

La política sueca, cerró un viaje oficial de dos días a Madrid, y ha destacado que “Los ciudadanos deben tener más participación en las políticas europeas e Internet es el mejor foro para ello”.

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Vice Presidenta de la Comisión Europea

La representación de la Comisión en España, dirigida por José Luis González Vallvé (que acaba de estrenar su blog), ha hecho una apuesta fuerte, y destinará el 60% de su presupuesto para comunicación de 2009 en medios digitales.

Alberto Mélida, corresponsal audiovisual de la Comisión en España y responsable de campañas de información, presentó una guía de recursos para periodistas sobre las instituciones y actualidad europea, así como una de las más fuertes apuestas de la representación: ‘Espacio Europa’, una página web que fomenta la participación ciudadana y que, como no, también está en Facebook.El sitio aglutina recursos útiles para resolver dudas acerca de lo que sucede en Europa y, sobre todo, “quiere dar contenidos con valor añadido para llegar incluso a ese público al que no le interesa la política, ni las instituciones”, explicó Mélida.

El objetivo de estas iniciativas es crear una corriente de opinión pública europea, que se exprese en Internet, y que más adelante vote e inspire a otros a acudir también a las urnas. Entre otras cosas, la representación en España ha puesto en marcha un concurso de blogs que hablen de asuntos europeos.

TELESUR

La cadena informativa formada con capitales de la Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, anuncia cambios en su programación y la incorporación de más tecnología para “dar a conocer la realidad de los pueblos”.

A partir del próximo 4 de febrero la cadena de noticias Telesur modificará su imagen y su contenido de pantalla. La empresa anunció que profundizará los cambios para ratificar, afianzar y consolidar la senda ya marcada: “Es el único canal 100% informativo hecho en nuestra América por latinoamericanos que hablan en tu mismo idioma con tu mismo acento y que conocen y dan a conocer la realidad de los pueblos.”
El nuevo slogan será “teleSUR la señal informativa de América Latina”, que acompañará al ya conocido logo, todo sostendido sobre su idea “nuestro norte es el Sur”.
Telesur, con sede en Caracas, ahora tendrá nuevos estudios multifuncionales, equipados con tecnología de última generación en modo interactivo, iluminación, sistemas de diseño gráfico, proyección de video, automatización y control de estudios
Los cambios se reflejarán especialmente en las emisiones de teleSUR Noticias que cambian su nombre y concepto a través de nuevos espacios. Algunos de ellos son El mundo hoy, una nueva revista informativa, mientras que Conexión global le permitirá a las emisoras formar parte del cambio al poder conectarse con las diferentes corresponsalías y colaboradores en directo, para llevar el detalle de la noticia en el momento que ocurre. Además Edición central mostrará lo más destacado del día en el mundo, dándole profundidad y detalles a la información
La página web también renueva su imagen y diagramación, para convertirse en la segunda pantalla de teleSUR, ya que dispondrá de señales adicionales a la principal, para seguir de cerca desde cualquier lugar del mundo los acontecimientos y permitir una mayor interacción con los usuarios y las redes sociales, destacándose los contenidos multimedia en cada una de las secciones.
Telesur es una empresa multiestatal latinoamericana que transmite un canal de televisión satelital durante las 24 horas del día. Su intención fue desde el inicio lograr una agenda propia con fuerte impronta en la integración de la región. Para la visión del canal, “sur” es un concepto geopolítico que promueve la lucha de los pueblos por la paz, autodeterminación, respeto por los Derechos Humanos y la Justicia Social.
La empresa fue constituida y creada con la inversión de seis países: la Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela En el mundo, Telesur ya posee una amplia recepción de su señal en todos los continentes.
El canal lanzó su señal el 24 de julio de 2005 desde Caracas, con un bloque de cuatro horas. Cuatro días antes, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó una disposición, impulsada por el congresista republicano de Florida Connie Mackque, con la que se le dio luz verde al gobierno de entonces (a cargo de George W. Bush) para impulsar una suerte de guerra electrónica para impedir el supuesto “antinorteamericanismo” de la Televisora Regional del Sur .
“Si el gobierno de los Estados Unidos se atreviera a tomar alguna acción, cualquiera que ella sea, como por ejemplo que lancen señales muy potentes, entonces sería una guerra electrónica”, manifestó en aquel momento el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien recordó que “si Fidel Castro pudo neutralizar la señal de Radio Martí (emitida desde Miami por los anticastristas), también neutralizaremos cualquier señal aquí”.-

Matilde Sosa
Tiempo Argentino

CACAREO DESMESURADO

Al periodismo amarillo se han incorporado dos nuevos productos: “Muy” de Clarín y “Libre” de la escudería Perfil, cultora de lo que autodenominan periodismo puro. El director de este último producto es el periodista Darío Gallo que según los datos biográficos que figuran en su blog ha sido criado y domesticado bajo la tutela de Jorge Fontevecchia. Ahí informa: “De 1994 a 2007 fui cronista, redactor especial, redactor jefe, editor de la sección Política y editor ejecutivo de la revista Noticias. Desde 2008 a 2011 fui editor general de Perfil.com.” Es obvio que los empresarios periodísticos tienen el denominador común de los empresarios: despotrican contra el estado, precarizan a su personal, aborrecen de la sindicalización y no soportan a los delegados gremiales, exaltan al mercado pero disfrutan de los monopolios cuando son beneficiarios, negrean con entusiasmo y evaden impuestos mientras predican ética y moral. Todo eso no es para felicitarlos pero Fontevecchia solo defiende sus intereses. En cambio Darío Gallo adopta el discurso de su empleador y lo potencia en forma superlativa. Cuando el empleado adopta el discurso del empleador como propio, el círculo de la colonización cultural ha concluido. Es un periodista cautivo que se considera libre e independiente. Y que hace periodismo puro. Un slogan publicitario falaz y embaucador. La editorial que tiene a Noticias como revista insignia, con títulos estruendosos que generalmente son un señuelo propagandístico. El bisemanario Perfil reducido a esa situación por el sabotaje de Clarín, que no le impide a Fontevecchia, preso del Síndrome de Estocolmo de apoyar al multimedio en Papel Prensa, la ley de medios y en la adopción irregular de los hijos de Ernestina Herrera de Noble.

Completa sus productos más importantes con “Caras” que es una Noticias más frívola e insustancial, típico producto de los noventa y con “Fortuna”, una revista para los sectores empresarios. Desde varias de ellas se hizo una defensa de Domingo Cavallo, mientras se hacían denuncias de corrupción a Menem.

Ahora intentan competir con el Diario Popular y Crónica en el segmento de mercado surcado por la sangre, la vida privada, deportes, y escándalos. Es lícito y no merece objeciones comerciales. Claro que no se puede envolver un proyecto comercial sensacionalista como una épica periodística. William Randolph Hearst, inmortalizado por Orson Wells en “ El ciudadano”, hacía lo mismo pero tenía la prudencia de no hablar de periodismo puro. O como lo hace Darío Gallo, el director del diario “Libre”, quién en el primer número escribió: “ El título no es mío, es de José de San Martín. El prócer hablaba claro con su gente. Sin vueltas. En un parte de guerra escribió esas cuatro palabras, que decían mucho entonces y también ahora. Cualquier explicación debilita la frase. Si hubiese dicho Desnudos, pero en libertad, no hubiese sido lo mismo. En pelotas, pero libres es como pararse sobre el chiquitaje de la vida y gritar para que escuchen todos. En pelotas pero libres no admite agachadas. A este diario que sale hoy a la cancha, la frase de San Martín le sienta muy bien. En Libre subrayamos cada uno de los términos que escribió el General y le damos forma. En Libre vas a respirar libertad…..En Libre vas a encontrar notas que te conmuevan, fotos que te deslumbren o títulos que te hagan sonreír…….En Libre prometemos periodismo sin regalarte anzuelos. Es nuestro compromiso. En síntesis: en pelotas, pero libres”

Está claro: la editorial Perfil es el cenáculo del periodismo puro, Jorge Fontevecchia es su numen impoluto, y su genuflexo subordinado en “Libre”, el periodista Darío Gallo criado en cautiverio, es la resurrección de San Martín. Promete periodismo sin anzuelos, justamente lo que aprendió cuando era editor ejecutivo de la revista Noticias. Gallo cacarea un discurso desmesurado para un logro escuálido, esmirriado. Héctor Ricardo García lo hizo mucho antes y mejor, y a pesar de ser el dueño de Crónica, tuvo el pudor de no envolver la pequeñez con frases de San Martín y cantos a la libertad.

Hugo Presman
Nota publicada el 16-05-2011

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VUELVE, TODO VUELVE…

(Para una revisión revisada del revisionismo de nuevo revisionado)

La falsa historia es el origen de la falsa política
Juan B. Alberdi

Es sorprendente la facilidad y solidez con que las leyendas conquistan un lugar en la ciencia de la historia
León Trotsky

Reemplazar un mito con otro es no ganar nada: es dejar el pasado al servicio de las tácticas del presente
George Steiner

Como se sabe, en la Argentina cada tanto se vuelve a inventar la pólvora (o, para nuestro caso, el dulce de leche y la birome, cuando no la picana eléctrica). La reciente fundación de un instituto de historia revisionista mediante decreto presidencial ha levantado una polvareda polémica sobredimensionada y con rancio olor a naftalina. ¿O no? ¿Estamos repitiendo como novedad las deshilachadas polémicas que vienen entrando y saliendo en la cultura argentina desde por lo menos la década del 20? ¿O estamos disimulando tras ellas “las tácticas del presente”? Desde ya: a nadie se le escapa –no debiera escapársele- que entre nosotros (como en casi todas partes) los debates historiográficos han servido para ventilar, y a veces enrarecer el aire de, los diferendos y confrontaciones políticas del presente. No hay, en principio, nada que objetar: “Hacer historia no es reconstruir los hechos tal cual se produjeron, sino recuperarlos tal como relampaguean en este instante de peligro”, sentenció célebremente Walter Benjamin. De acuerdo: el problema, en esta discusión, consistiría en primer lugar en discernir cuál es, y para quién, el “peligro” –y no lo decimos inocentemente: una reconocida ensayista argentina ha sugerido que la creación de ese instituto podría ser “peligrosa”-. Y en segundo lugar, podríamos preguntarnos si los términos en que se está dando la polémica no implican una enésima versión de esos “binarismos” maniqueos –a veces muy útiles para ocultar otras complicaciones y complicidades- a los que no hemos dejado de no acostumbrarnos en nuestras “batallas culturales”, incluidas las de los últimos años. Y aclaremos, por si hace falta: no se trata de encontrar, o de inventar a los apurones, una “tercera posición”, equilibrada o mediadora, entre las dos en juego. Si no, si pudiéramos, de patear un poquito ese tablero con otras clases de términos. Nuestros epígrafes, a su manera condensada, anticipan en cierto modo nuestras conclusiones (provisorias, como siempre): si Nietzsche decía “No hay hechos: sólo hay interpretaciones”, bien podemos agregar nosotros: y toda interpretación se convierte en un hecho que oculta su propia hechura, su “proceso de producción”. La historia, no cabe duda, es una política del presente proyectada hacia el pasado. Lo que no es tan fácil es discernir –por detrás de los discursos dominantes (hay más de uno)- cuál es, exactamente, esa política.

Ensayemos.

1. No tenemos tiempo –aún si tuviéramos la suficiente competencia- de hacer aquí la compleja, y a menudo confusa, historia de la historia del llamado “revisionismo histórico”. Baste señalar que su pre-nacimiento, aún inorgánico y nebuloso en términos ideológicos nítidos, coincidió, grosso modo , con los fastos oligárquico-liberales del primer Centenario (donde, entre otras cosas, se empezó el cuestionamiento todavía “poético-literario” del optimismo positivista agroexportador, y simultáneamente de la “invasión” inmigrante que disparó las discusiones sobre el “criollismo” y los primeros escarceos a propósito de una “identidad nacional”, con textos como La Restauración Nacionalista de Ricardo Rojas o El Payador de Lugones), y sus “retornos” o recomienzos más chisporroteantes se produjeron, por ejemplo, en el pasaje entre las décadas del 20 y 30 (crisis económica y ascenso de los fascismos a nivel mundial, localmente consolidación y debacle del radicalismo, golpe de Uriburu), en el período de ascenso del peronismo –ya con algunas inflexiones más “populistas”, y en algún caso incluso “obreristas”-, luego en el contexto de la radicalización “nacional-popular” de buena parte de la juventud de clase media (especialmente universitaria, expresada en el auge de las “cátedras nacionales” en las décadas del 60 y primeros 70s), y así. Es decir: siempre en etapas políticamente “dramáticas” –por así decir- de la vida nacional, y siempre vinculando la historia a la política, y más ampliamente a la politización de la cultura , incluso hasta cierto punto la cultura “de masas” –el revisionismo logró a menudo una apreciable presencia “mediática”, y en cierto modo creció con los medios: en los años 60 no era demasiado raro ver en la televisión a historiadores como José María Rosa o Fermín Chávez; y en otro plano, tuvo buena influencia “letrística” en el revival de la música folklórica de principios de los 60 (Rimoldi Fraga et al ), para no olvidar al celebérrimo Jabón Federal, con su inquietante mazorquero en el logotipo-. A este respecto, convendría al menos interrogar un módico mito heroico que se ha hecho reverdecer en estos días –y de paso preguntarnos para qué sirve , hoy, este “mito”-: no es estrictamente cierto que la versión revisionista fuera tan ignorada, “ninguneada” o sepultada por la cultura “oficial” (que tampoco fue tan homogénea como se dice: algunas vertientes del revisionismo, miradas retrospectivamente, pertenecieron plenamente a alguno de los rincones de esa cultura “oficial”): en muchos casos tuvo ciertamente buena prensa, aunque sólo fuera por una siempre rentable apuesta “escandalizadora” por parte de los medios o las editoriales. Sí es mucho más cercano a la verdad que la cultura “oficial” académico-universitaria y “científica” a menudo lo ignoró con una mezcla de desdén, sospecha y alarma por su recusación de la supuesta “objetividad” metodológica y del positivismo liberal más o menos sofisticado y polvoriento. Y esta “alarma” ante las inflexiones “vulgares” del ensayismo histórico-político revisionista, por lo visto, y a juzgar por ciertas reacciones un poquitín histeroides que se han escuchado recientemente, parece mantener su tanto raída vigencia claustral. Pero la Academia, o la vanidad “cientificista”, o en su momento la tediosamente interesada e igual de “vulgar” y mentirosa (aunque disimulada por el prestigio de la traducción ilegible del Dante) versión-Mitre / López de la historia, no son toda la cultura “oficial”. También lo es la “industria cultural” que transformó a muchos de los productos revisionistas en razonables –y a veces algo más- best-sellers. Hay una zona de la cultura “oficial” –por ejemplo la ligada a las diversas corrientes del nacionalismo “derechoso” que siempre, incluso durante el peronismo “clásico”, tuvo un peso nada despreciable en la cultura- que siempre guardó un lugarcito para el revisionismo.

Porque, seamos claros: el revisionismo inicial es una amalgama ideológica de nacionalismo de derecha (en algunos casos directamente proto-fascista o “falangista”), antiliberal y antidemocrático pero también rabiosamente antisocialista cuando no antipopular y aristocratizante –“antiburgués” por derecha, digamos-, xenófobo, racista, católico-tradicionalista, hispanófilo-oscurantista con nostalgias carlistas, militaristas adoradores de “la hora de la espada” (aunque el hombre Lugones, con sus permanentes “bandazos” ideológico-políticos y su impostado “panteísmo”, les resultara francamente fastidioso), algunos de sus representantes habían sido ocasionalmente colaboradores de la Liga Patriótica de Manuel Carlés de siniestra actuación durante la Semana Trágica de 1919 (y es bueno recordar, de paso, que Carlés era radical , y lo bastante “consecuente” como para renunciar a su cargo de profesor en el Nacional Buenos Aires cuando se produce el golpe contra Yrigoyen), etcétera. Hay diferencias internas, desde luego, y ya analizaremos ciertos matices para no ser injustos, pero los rasgos dominantes fueron esos. En fin, nada que remotamente pueda resultar simpático, hay que pensar, a quienes hoy fundan un instituto con ese apelativo (es cierto que toman la precaución de bautizarlo con el nombre de Manuel Dorrego, víctima de uno de los crímenes individuales más alevosos e injustos que cometió el unitarismo liberal-oligárquico en la primera mitad del siglo XIX, y no con el de Rosas, como el otro instituto ya existente desde la década del 30 y todavía actuante, que sepamos).

Por supuesto, cualquiera tiene derecho a apropiarse de una etiqueta para a su vez matizarla o directamente cambiarle su sentido. Tampoco esto es nuevo: el mote de “revisionistas”, dentro del variopinto y desordenado movimiento nacionalista argentino, le cupo también a las vertientes nacional-populares y “pequeñoburguesas” de Forja (Scalabrini Ortiz, Jauretche, Dellepiane), al “centro” nacionalista-peronista (José María Rosa, Fermín Chávez), al peronismo más decididamente de izquierda (Ortega Peña, J. W. Cooke), o a una genérica “izquierda nacional” (el “Colorado” Ramos, Hernández Arregui, Puiggrós, Galasso, Spilimbergo), y hasta hay quienes, hoy, en prueba de la pluralidad del instituto, procuran deslizar bajo la etiqueta el nombre de… Milcíades Peña. Ya volveremos sobre esto. Digamos por ahora que aunque esa “resignificación” sea perfectamente legítima en principio , conviene no olvidar que en su origen -y un origen inevitablemente marca a una “identidad”- el revisionismo surgió con nombres como los de los hermanos Irazusta –que, si no nos equivocamos, son quienes acuñaron la palabra-, Carlos Ibarguren o Ernesto Palacio, cuyos idearios tampoco ellos homogéneos (hubo diferencias importantes entre los Irazusta y Palacio por un lado, e Ibarguren y sus seguidores por el otro, respectivamente agrupados en los que Zuleta Álvarez atinadamente llama nacionalismo republicano y nacionalismo doctrinario [1]) de todos modos se acercaban, de conjunto, mucho más a aquellas significaciones que a ninguna “izquierda”, por más elásticamente que tomemos esta etiqueta, si bien es cierto que su “derechismo” es a menudo confusamente ecléctico (sus simpatías no llevaron a los Irazusta hasta propiciar una “revolución” antirrepublicana y corporativista –no fue eso, pese a cierta vocinglera declamatoria, el golpe de Uriburu-, sino a sostener que la Constitución de 1853 había sido envilecida por los “excesos de la democracia” y la “demagogia hacia las masas”; y por otra parte no fueron pocos los contactos entre estos nacionalistas y sectores liberal-conservadores “republicanos” de derecha: Matías y Marcelo Sánchez Sorondo, padre e hijo, constituyen una suerte de “alegoría familiar” de esto, pero muchos de ellos –no, otra vez, los Irazusta, que ya en 1932 comenzaron su tibia reivindicación de Yrigoyen- actuaron de manera harto más material una colaboración con el gobierno conservador de Justo una vez desaparecido el nacionalista-a-medias Uriburu, sin parar muchas mientes en que el in-Justo entregara a cuatro manos la economía nacional en las faldas del denostado imperio británico: para ellos el anti-radicalismo, y ni hablar el anticomunismo, venía antes que ningún antiimperialismo consecuente).

¿Hasta dónde puede estirarse, pues, el significado del significante “revisionismo”? Si se trata simplemente de aplicarlo a todos quienes se propongan una revisión crítica de la historia o la cultura “oficiales”, ¿por qué no usarla, por ejemplo, para Martínez Estrada –que revisó fuertemente, por cierto, y entre muchas otras cosas, la versión “oficial”, más o menos lugoniana, del “gaucho de mármol” Martin Fierro-? ¿O a Viñas –que revisó con inédita radicalidad la historia “oficial” de la literatura argentina-? ¿O, para llevar las cosas al colmo del absurdo, a Borges –que revisó tantos de los mitos de la cultura nacional-? ¿Y –ni qué hablar- a Milcíades Peña, que, colmo de “revisionista”, no se contentó con “revisionar” a la historia-Mitre, sino también a los “revisionistas”?

La respuesta es simple: ninguno de estos autores era, en el sentido estricto y estrecho en que suele entenderse ese mote, nacionalista (ya discutiremos el caso Peña, como anunciamos). Y el revisionismo –fuera de derecha, de centro o de izquierda- jamás dejó de reconocerse en esa filosofía política, la del nacionalismo. Pero entonces, hay que “bancarse” que tanto el primer revisionismo como el nacionalismo tienen su acta de fundación ubicada en el extremo derecho del espectro ideológico local. Es difícil –casi pensaríamos que imposible- que el instituto de marras reivindique como suyos los nombres de Ibarguren, Irazusta, Palacio, Pico, Carulla, Sánchez Sorondo, o aún el último Lugones. Si fuera así –lo veremos-, ¿no significaría eso amputar una buena y sustantiva parte –la “fundacional”, para colmo- de lo que significa el título de “revisionista”? ¿No sería renunciar a asumir el revisionismo como un campo de batalla, y de los más importantes, de entre los muchos que prodigaron las “batallas culturales” argentinas (la cuestión, claro, es si en la actualidad vale la pena conservar ese “campo de batalla” un tanto vetusto, como si nada hubiera cambiado en la Argentina desde los años 60; dejaremos ese debate para más adelante)? Nos tememos que sí. Y que entonces, sustrayendo y sustrayéndose a esa batalla interna, el instituto termine, aunque por el lado sedicentemente “popular-progresista”, haciendo justamente lo mismo que –en una suerte de “retorno de lo reprimido”- hizo el mainstream revisionista de derecha: cambiar unos monumentos por otros, pero sin alterar la arquitectura unilateralmente monumental de la historiografía nacional “oficial” y burguesa. Que es, paradójicamente, lo que ya había hecho el “mitrismo”, incluidas sus variantes de “izquierda”, que llegaron incluso hasta el estaliniano PC (Partido Codovillista). Y que es –y nos permitimos sospechar que no sea por azar- una manera de evitar el debate sobre los actuales “binarismos” pretendidamente herederos de los históricos.

2. Ahora bien: para seguir aclarando, entiéndase que de ninguna manera estamos diciendo –dialéctica obliga- que aún las expresiones más nacionalistas de derecha del revisionismo hayan carecido en su hora de algún interés “cultural”. Para empezar, un interés estilístico y ensayístico-literario. Los principales de entre los originarios autores revisionistas (los Irazusta, Palacio, Ibarguren, Jacovella, etc.) fueron eruditos con una sólida cultura clásica, grandes escritores y temibles polemistas, con una prosa adusta y vociferante que sabía cargarse con la ironía fina y la socarronería poética, implacable en los epítetos y siempre ingeniosa y creativa en la retórica. Eso era algo compartido con los igualmente grandes ensayistas del nacionalismo católico de derecha como Ignacio Anzoátegui, Ramón Doll o el padre Castellani, quienes –pese a su hispanofilia- habían mamado y habían sabido “españo-criollizar” lo mejor del estilo de esos tumultuosos escritores de la derecha pre-fascista francesa que fueron Barrés, Maurras, Péguy, Drumont (y por esa vía, claro, absorbieron el pensamiento político-filosófico de Burke, Bonald, De Maistre, Donoso Cortés y toda la pléyade de importantes pensadores “contrarrevolucionarios” y restauracionistas que dio la Europa del siglo XIX).

Esa enjundia ensayística y estilística pasó, en general, fue transmitida, con la correspondiente modificación de sus posiciones ideológicas, a las otras variantes político-culturales del nacionalismo popular, el peronismo, e incluso –y quizá sobre todo- de la “izquierda nacional” (es palmario el caso de Abelardo Ramos, una de las plumas más regocijantes del ensayismo histórico-político argentino del siglo XX, aún cuando muchas de sus conclusiones sean muy discutibles, y su propia trayectoria política haya terminado bastante patéticamente). Aunque sólo fuera por eso –y no es poco, cuando se lo compara con el sopor repetitivo de buena parte de nuestros papers académicos- en el revisionismo de derecha se trata de gente a la que vale la pena leer (no importa las arcadas éticas que puedan producirnos la mayoría de los contenidos de su escritura), como sigue valiendo la pena leer, digamos, los ensayos de Céline, de Ezra Pound o de T. S. Eliot. Si se nos disculpa una módica “provocación”, sería una verdadera pena que el instituto Dorrego, por ejemplo, no recuperara críticamente para las nuevas generaciones el placer ambiguo, contradictorio, enojoso, pero placer al fin, de ese estilo polémico impardable que hoy casi no se practica. Sería como privarse de leer a Sarmiento, a Alberdi, a Murena, o en otro andarivel ideológico, a Astrada, a Viñas, a Alcalde, a Rozitchner.

Pero no es sólo eso, sigamos haciendo un esfuerzo más para ser “dialécticos”. El revisionismo nacionalista de derecha pensó apasionadamente al país, eso no se le puede negar, y en muchos sentidos lo pensó de una manera nueva , fresca, inaudita en comparación con la historia liberal “normal” (si bien, en términos estrictamente historiográficos, reconociendo algún vago antecedente como Adolfo Saldías y Ernesto Quesada; y sin olvidar, ya que de binarismos apresurados hablamos, que como lo señaló Noé Jitrik recientemente, Mitre apoyó la elaboración de la historia de la confederación de Saldías). Y con momentos de no fácilmente descartable verdad: el problema, por supuesto, es la articulación de esos fragmentarios “momentos” con la totalidad de un pensamiento insanablemente reaccionario. Dentro de la cultura “para-oficial” u “oficiosa” –es decir, la que deja afuera las expresiones de la izquierda más radicalizada, de las que no estamos hablando ahora- , son ellos los que, desde la derecha, captaron más agudamente el anquilosamiento falsario e hipócrita de la “democracia” liberal-burguesa que actuaba de tranquilizador disfraz legitimante de la excluyente “república” oligárquica. Y son ellos los que, desde la derecha, combatieron aguerridamente contra el positivismo ramplón y el “materialismo vulgar” que, aún en sus versiones menos burdas y más “progres” (Ingenieros, Ramos Mejía o Juan B. Justo) revestía de “cientificidad” el apuntalamiento “por izquierda” de las estructuras más cuestionables de esa república “granero del mundo”. Y son ellos , incluso (sobre todo por obra de Rodolfo Irazusta, seguramente el más inteligente y “flexible” del movimiento, que en su hora supo elogiar y profundizar las críticas al pacto Roca-Runciman hechas por el comunista Rodolfo Ghioldi), los que, desde la derecha, introdujeron en el letargo político de la “ciudad letrada” la denuncia antiimperialista –porque, a pesar de su derechismo, eran pensadores de una nación dependiente y semicolonial, que no podía tener aspiraciones imperiales, y cuyo nacionalismo era necesariamente “defensivo” -, lo cual los llevó a sostener la “objetivamente correcta” posición neutralista ante las guerras inter-imperialistas mundiales. Y son algunos de ellos los que (es el caso del Ernesto Palacio “peronizado”, por ejemplo), desde la derecha, aceptaron alguna variante de “nacional-populismo”.

Pero, por supuesto: lo hicieron desde la derecha. A la seudo-democracia oligárquico-burguesa con su formalismo liberal no se les podía ocurrir oponerle una democracia “popular” con protagonismo de masas -¡no digamos ya una democracia más o menos “soviética”, perspectiva que llenaba de horror y angustia paranoica a su catolicismo ultramontano irredento!-; al imperialismo anglo-norteamericano no se les podía ocurrir oponerle un movimiento de liberación nacional dirigido por la clase obrera y los sectores oprimidos –como el que por aquellos años se había formado en Nicaragua alrededor de la figura de Sandino, por ejemplo-; y su lucha estético-literaria contra el positivismo y el “cientificismo” academizantes fue ella misma marcadamente estetizante , basada en un espiritualismo teológico-tomista o un misticismo romántico (lejanamente inspirado en las etéreas exaltaciones americanistas de Rodó o de Rubén Darío), y no por ejemplo –porque pedirles “marxismo” sería un despropósito risible-, en la muy densa renovación historicista-idealista de la filosofía alemana de fines de siglo XIX y principios del XX (el neokantismo o el neohegelianismo de Dilthey o Rickert, la fenomenología de Brentano o Husserl; aunque sí figurara seguramente en sus lecturas La Decadencia de Occidente de Spengler, desde ya), si bien se puedan detectar marcas poco rigurosas y trabajadas del intuicionismo bergsoniano o el “actualismo” pre-mussoliniano de Gentile.

Es decir: era imposible para ellos adoptar una perspectiva de clase; ni siquiera una consistente perspectiva de clase burguesa nacional , que por supuesto no existía como tal “clase” –y sigue sin existir, pero esa es otra discusión de la que no nos privaremos aunque sea brevemente- en esa (y esta) Argentina dependiente / neocolonial, que ya desde Rivadavia y Rosas (tendremos que volver sobre este punto polémico) había decidido ser la combinación entre “granero del (para el) mundo” y boca de recepción de las mercancías industrializadas europeas, especialmente británicas. La conformación económica, política, ideológico-cultural e incluso geográfico-territorial de un “país” todo él organizado por el “embudo” portuario-porteño-bonaerense –un “país” que por lo tanto no era una nación, ni siquiera una nación burguesa, en el estricto sentido moderno (y esto, nuevamente, llegó a admitirlo el propio Rodolfo Irazusta)-, esa conformación no podía producir una auténtica “clase (burguesa) nacional”. Lo cual no significa que no fuera un país capitalista -otro debate decisivo sobre el que también deberemos volver-: pero es un capitalismo sin capitalistas “nacionales”, transnacionalizado desde el origen, con su desarrollo burgués deformado, amputado y rengo desde el principio. Los revisionistas de derecha, que pertenecen , concientemente o no, a uno de los aspectos de esa configuración (no en vano su héroe histórico máximo es Rosas) son nacionalistas sin nación (tampoco “tiene” nación la clase oligárquico-liberal europeísta, claro está, pero a ella o bien no le importa, o su ideología autojustificadora la ha convencido de que esa no-nación es su “nación”; que el partido de Bartolomé Mitre se llame “Nacional”, y su periódico “La Nación” es tan sólo un amargo sarcasmo).

En suma: nacionalistas burgueses sin nación ni burguesía nacional, posición de clase sin clase, y cuyo reaccionarismo cerril les impide mirar como protagonistas históricos a las que sí, en cambio, podrían ser clases “nacionales” en un sentido más o menos “gramsciano” (el proletariado urbano y rural, el campesinado pobre y los sectores populares más oprimidos, etcétera), la ideología de los revisionistas-nacionalistas queda, por decirlo vulgarmente, “pedaleando” en el vacío. De allí su espiritualismo violento y su escolasticismo rabioso, de allí su “fascismo” (o nazi-falangismo) estéril, como síntoma paradójico de adopción de una ideología extranjera, ya que la suya no podía tener un referente nacional (una vez más, el astuto Irazusta se percató de este contrasentido, y se opuso enérgicamente a la denominación de “fascistas”, ya que para él esta era una “ideología foránea”, tanto como el liberalismo anglófilo). De allí, decíamos también, su completa ausencia de una perspectiva sólida de clase (lo cual, como suele suceder, los lleva en los hechos a muchos de ellos a hacer el “trabajo sucio”, a expresar en voz alta y estridente los pensamientos más inconfesables de la clase dominante, como la xenofobia y el anti-obrerismo; y lo cual hace que la clase dominante los “rechace”, como se rechaza al “pariente loco” que dice la verdad oculta sobre la mugre de la familia; pero no deja de ser la misma familia, con sus “internas”, como todas).

Y de allí también, entonces, que ante la ausencia de un abordaje estructural de la historia argentina, su “revisión” propiamente historiográfica se haya limitado a aquel cambio –“superestructural”, si se nos permite- de “monumentos” que mencionábamos: descolgar el retrato de Rivadavia para poner en su lugar el de Rosas (elegido, como es lógico, por su personalidad de Restaurador hispanófilo, tenebroso, clerical y despótico, Jefe del Orden por excelencia e impulsor de la Mazorca –la “policía brava” de la provincia de Buenos Aires de su época-, aunque con sus rasgos “populistas”). Es un “binarismo” anti-dialéctico, insistamos, que no pone en cuestión las complejidades de una situación en la cual ambos representaban fracciones –a menudo enfrentadas violentamente, claro, pero tampoco eso es una gran novedad en cualquier sociedad “burguesa” en estado de parto- de la misma clase dominante en formación.

No es que falten, en sus enjundiosos textos, análisis económicos y políticos, ciertamente. Pero en general, están tratados bajo una lógica, digamos, conspirativa, donde la maldad o el interés personal espurio y la ideología “antinacional” o “vendepatria” de los personajes individuales, o las maquiavélicas operaciones de la “Pérfida Albión” (todas cosas que también existieron, va de suyo) adquieren una dimensión protagónica que obtura cualquier investigación sobre las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales, y ni hablar sobre las formas (o des-formas: las que podían darse en la época) de “lucha de clases”, o tan siquiera de objetivos proyectos de clase para la organización del nuevo país burgués. Hay, sí, una excepción notable: la de una serie de asombrosos artículos publicados en 1940 por Bruno Jacovella nada menos que en Nueva Política , el periódico de Ibarguren –es decir, el más filo-fascista de los grupos nacionalistas-revisionistas del momento-, y que bien pueden interpretarse como un germen de la “izquierda nacional” (e incluso yendo algo más lejos). Allí Jacovella combinaba desprejuiciadamente la Teología Política de Carl Schmitt con el concepto marxista de lucha de clases , para afirmar que “se había llegado a una situación de enfrentamiento entre la burguesía, aliada a la oligarquía, y el proletariado”, y por lo tanto “era imposible pensar la política al margen de las clases y sus ideologías”, y luego criticaba por “reaccionarios” a los sectores nacionalistas que no comprendían que se estaba asistiendo a la “muerte de la clase dominante” y que un auténtico nacionalismo debía acompañar al proletariado en su lucha [2] .

Pero, como decíamos, se trata de una excepción. La norma suele ser que toda perspectiva de análisis en términos de clase constituya un límite ideológico infranqueable. Esta limitación del análisis los conduce ocasionalmente a verdaderos dislates, como cuando los Irazusta, en medio de su encendida diatriba contra la política del imperialismo británico y sus socios locales, intentan demostrar que la “oligarquía” que gobierna la Argentina en los años 30 nada tiene que ver con la clase de los grandes terratenientes, pues ninguno de los funcionarios de primera línea del gobierno es poseedor de tierras (como sí lo eran, vale aclararlo, los Irazusta, aunque en pequeña escala). O sea: no se les ocurre que la “clase política” gobernante pueda llevar adelante una política de clase, aunque sus dirigentes no pertenezcan “empíricamente” a las clases dominantes materialmente beneficiarias de esa política- y además, en muchos casos sí pertenecían-. El espiritualismo idealista y escolástico del revisionismo nacionalista de derecha deja todo, en definitiva, en manos de los grandes individuos (mítica y maniqueamente opuestos como los ángeles y los demonios de la historia), los “héroes históricos” a la manera de Carlyle o Hegel, y en todo caso, de un igualmente mítico Estado “ético” y todopoderoso que habría que construir a la manera de un Mussolini, aunque basado en las tradiciones hispano-católicas “acriolladas” y sin someterse a las recetas “foráneas”. Desde ya que la función histórica, política y simbólica del Líder, objeto de grandes “identificaciones de masa”, es algo real , como lo ha mostrado profundamente Freud en su Psicología de las Masas . Pero en estos revisionistas originarios los “nuevos” Héroes flotan en el topos uranos de la Idea de Nación, muy por encima de las masas, las clases, las relaciones de producción locales e internacionales. En este sentido (ideo) lógico profundo, nada sustantivamente distinto a “la historia de Mitre”. Los héroes son otros, claro: los caudillos federales, y en primerísimo primer término Rosas (¡a quien consideran –y lo siguen haciendo los revisionistas actuales, contra toda prueba objetiva de la historiografía- el Gran Jefe del “federalismo”!). No estamos diciendo, va de suyo que esos caudillos federales –entre los cuales habría que hacer, además, cuidadosas y detalladas distinciones- representaran el mismo proyecto político, y ni siquiera los mismos intereses de clase, que el de los unitarios (Rosas, en el fondo, sí: fue el más astuto de nuestros grandes “unitarios”). Estamos diciendo que ese “cambio de figuritas”, esa inversión especular, en modo alguno puede por sí misma dar cuenta de la complejidad de las situaciones históricas.

3. Es algo diferente, en principio, el caso de los otros revisionismos, los más “democráticos”, “progresistas” o de “izquierda”. Los enemigos principales (Rivadavia, Sarmiento, Mitre, la “línea Mayo-Caseros”, el imperialismo anglo-norteamericano) son desde luego los mismos, con la excepción relativa y parcial de la izquierda (relativa y parcial, porque la canallesca componenda del PC con la Unión Democrática de 1946 ofreció también ese argumento contra “la izquierda” en general, en un pars pro toto a veces no exento de algún maccartismo “benévolo”). Aquí sí figuran, claro, las masas, las variables económico-sociales, y hasta la “lucha de clases”, al menos como enunciado. La actitud ante Rosas es más ambigua –aunque en el fondo, lo veremos, no tan diferente-. La influencia –no sin deformaciones y amputaciones teóricas- del marxismo “desestalinizado” se hace sentir, y no solamente en casos obvios como el de Abelardo Ramos, que proviene del trotskismo. Este punto particular es un tema no demasiado bien estudiado de la historia de las ideas en la Argentina: ¿cuáles fueron, exactamente, los componentes “marxistas” que pasaron al revisionismo de “izquierda”? La heterogeneidad de origen de los nuevos intelectuales revisionistas que se volcaron al peronismo (y ese “vuelco” no fue siempre cómodo en términos teórico-historiográficos: el propio Perón, en el período 46 / 55, nunca se mostró especialmente interesado en el revisionismo, y nunca rompió nítidamente con la “línea Mayo-Caseros”: ¿acaso, si vale como símbolo, los ferrocarriles “nacionalizados” no se llamaron Sarmiento, Mitre, Roca, Urquiza, lo que motivó amargas quejas por parte de Jauretche entre otros? Y hubo varios de esos revisionistas-nacionalistas –otra vez se destacan en esto los Irazusta- que criticaron duramente lo que interpretaban no sin razones –otro tanto hizo Milcíades Peña desde la izquierda- como una continuidad de los lazos con los intereses británicos por parte de Perón, cuyo enemigo manifiesto en 1946 había sido EEUU y no Inglaterra), esa heterogeneidad, decíamos, es manifiesta: el grupo Forja proviene del radicalismo, Puiggrós del estalinismo, otros como vimos del trotskismo, y no faltaron los ex socialistas y ex anarquistas, así como desde luego algunos de los viejos nacionalistas. En ese caldero múltiple y revuelto, igual de múltiples, revueltos y parciales, o truncos, tenían que ser los elementos marxistas que se incorporaron de distintas maneras a un revisionismo remozado y “popularizado”.

En todo caso, una actitud teórico-política genérica prevaleció –incluso, con sus inflexiones propias, en la “izquierda nacional”-. Aunque no se dejó de reconocer, como decíamos, la validez de la categoría “lucha de clases”, y por supuesto ahora sí se pensó la historia nacional en términos más claros de “proyectos” de clase, todo eso convergía, en definitiva, en una política, hacia “adentro” del país, orientada hacia la conciliación de clases representada por el bonapartismo sui generis peronista, mientras se mantenía, hacia “afuera”, la furibunda diatriba contra el imperialismo y el neo-colonialismo. El revisionismo popular y “tercermundista” –que comenzó a surgir contemporáneamente a los movimientos de liberación nacional africanos, muy especialmente el argelino, y en nuestro continente a la Revolución Cubana- tuvo una concepción predominantemente externalista del imperialismo y su acción en Latinoamérica, más inspirada en la metáfora de la “ocupación territorial” del colonialismo clásico que en la fusión estructural del capital industrial con el financiero también dentro de las naciones dependientes, que había teorizado Lenin para la “fase superior” del capitalismo.

No es que no se reconociera que al interior de esas naciones había “clases dominantes” beneficiarias de la lógica semi-colonial o dependiente, por supuesto. Pero se tendió a identificarlas en bloque con la “oligarquía” terrateniente y en todo caso con las fracciones burguesas más concentradas y directamente vinculadas a las empresas multinacionales; es decir, con los sectores de aquellas clases dominantes que tenían una relación necesaria y casi mecánica, inmediata, con el mercado capitalista mundial. Esa excesiva concentración de la figura “clase dominante” (y también, en cierto modo, de un genérico imperialismo, poco atento a las contradicciones interimperialistas que hacían que ciertas fracciones burguesas u “oligárquicas” locales se recostaran en la declinante Inglaterra, otras en la ascendente EEUU) dejaba un amplio margen para la invención de una hasta cierto punto fantástica “burguesía nacional” que en teoría debería tener contradicciones irreconciliables con el imperialismo y la oligarquía, basándose en la sustitución de importaciones y el mercado interno, y con la cual el proletariado y los sectores populares oprimidos tendrían que articular un frente de clases quizá opuestas en lo social pero convergentes en su interés nacional (esta distinción ha sido, desde ya, fuente de confusiones gravísimas, a veces con trágicas consecuencias), para “completar” la revolución “nacional” iniciada por el peronismo en 1946, antes de “profundizar” la revolución social (cualquier semejanza con cosas que se escuchan hoy en día es cualquier cosa menos casual): una teoría de las “etapas” que, bien paradójicamente, reconocía su origen –salvo para quienes eligieron des-conocerlo – en el más crudo estalinismo del muy gorila PC (y lo todavía más paradójico para nuestra discusión es que la historiografía “oficial” del PC codovilista era la línea “Mayo-Caseros”, que hacía de Rivadavia o Mitre grandes héroes de un capitalismo ascendente y objetivamente “progresivo”).

Como sea, este revisionismo-nacionalismo de izquierda a su manera repetía las limitaciones teórico-políticas de sus antecesores de derecha, aunque en cierto modo con menos excusas, puesto que estaban en un contexto histórico y político que debió prevenirlos mejor contra determinadas proyecciones del presente sobre el pasado. En efecto, en el medio había pasado el decenio peronista, y sobre todo –ya en las décadas del 50 y 60, que son las décadas del revisionismo de izquierda- la resistencia peronista, que fue una expresión –con todas las desviaciones que se quieran respecto de la “teoría pura”, como suele suceder en la historia real- de la lucha de clases en las condiciones particulares que ofrecía en aquel momento la Argentina (lo fue mucho más , ciertamente, que las “formaciones especiales” de los 70). Es decir: esas acciones más o menos espontáneas y clandestinas de una lucha de masas , mayoritariamente proletarias, en muchos casos autónomamente organizadas, en la cual, con mayor o menor conciencia, la consigna del retorno del Líder era un símbolo de la resistencia a la dictadura “fusiladora” de la fracción más recalcitrante de la burguesía pro-imperialista, mientras que para los Jefes –los dirigentes del PJ, la burocracia sindical, e incluyendo al propio Perón- era, como se demostró en 1973, una pura condición de negociación con las fracciones dominantes de la burguesía. Vale la pena, a este respecto, ver el estupendo y emocionante documental Los Resistentes , de Alejandro Fernández Moujan, donde muchos de los ancianos sobrevivientes de la Resistencia hablan sin pelos en la lengua de la “traición” de los dirigentes y del mismísimo Perón, sin por ello dejar de autotitularse “peronistas”. Una palmaria demostración de que si durante todo un período el peronismo expresó a la lucha de clases en la Argentina –como sostenía John W. Cooke-, también la lucha de clases se expresó al interior del peronismo.

El revisionismo de izquierda tomó muy poco en cuenta esta dialéctica. En general, sus más conspicuos representantes persistieron en la teoría “etapista” según la cual aún estábamos en la etapa de un frente del proletariado y las masas populares con la (¿cuál?) “burguesía nacional”, cuya admitida “debilidad” podía ser apuntalada, y en el límite incluso sustituida , por el Estado y el Líder (en el caso de la izquierda nacional de Ramos también el Ejército nacional-democrático –otra vieja fantasía del PC- y hasta la Iglesia), que eran así imaginados –a la manera de un hegelianismo “acriollado”- por afuera y por encima de la lucha de clases. Esta configuración teórico-política trunca -que correctamente consideraba al peronismo una variable insoslayable de la política argentina, pero desconsideraba o al menos secundarizaba la lucha de clases dentro del peronismo- fue proyectada a toda la historia argentina anterior al peronismo. Es decir, ¡cuando ni por las tapas existía un proletariado industrial sindicalmente organizado como recién comenzó a conformarse ya entrado el siglo XX para alcanzar su masividad justamente con el peronismo, y al cual mal podía entonces convocárselo a un “frente de clases”! ¡Cuando no existía siquiera un Estado nacional claramente conformado bajo la hegemonía de la fracción dominante de una burguesía que apenas estaba en proceso de nacimiento (¿de qué otra cosa se trataron las luchas civiles desde 1820 hasta prácticamente la generación del 80?)! ¡Cuando todas las fracciones de esa incipiente burguesía razonablemente aspirantes a ocupar un rol hegemónico –entre las cuales no estaban, como no podían estar a causa del retraso del desarrollo de sus “bases materiales”, los caudillos del interior más empobrecido- ya habían decidido “jugarse” a la completa dependencia de un mercado externo dominado por Inglaterra (y lo habían “decidido” porque no tenían otra posibilidad dentro de las estructuras existentes, y no por alguna congénita “maldad” individual: eran “vendepatrias”, sí, pero tenían que inventar una “patria” para vender, y eso tuvieron que hacerlo con las condiciones objetivas que encontraron)!

Vale decir: tampoco el revisionismo de izquierda, dadas las premisas teórico-políticas e historiográficas de las que partía, estaba en condiciones de adoptar una perspectiva estructural que les permitiera apreciar en toda su complejidad las condiciones materiales y las limitaciones igualmente estructurales de la lucha política por el “socialismo” (palabra que siempre estuvo más o menos presente en sus escritos, aunque también siempre definida –cuando se la definía- con extrema vaguedad) en un país como la Argentina. Con esto no estamos diciendo que no sirviera para nada : si pudimos rescatar, aunque fuera muy parcial y sesgadamente, alguna de las intervenciones del revisionismo de derecha , con mayor razón lo podemos hacer con el de izquierda , que al menos introdujo en el vocabulario revisionista-nacionalista algunos términos como “clase”, “lucha de clases”, “socialismo”, “proletariado”, etcétera. Sin embargo, este “rescate” es unilateral e insuficiente si al mismo tiempo no percibimos que la “traducción” política de sus limitaciones teóricas e historiográficas, y viceversa, la retro-proyección historiográfica de sus opciones políticas, tenían necesariamente que culminar en una plena identificación con el reformismo “bonapartista”, aunque fuera –como ocurrió en los primeros 70- con métodos presuntamente “revolucionarios” (el foquismo y la vanguardia armada, que son elitismos “revolucionarios” perfectamente compatibles con el reformismo, y aún –y quizá especialmente- con el nacionalismo de derecha: ¿o no fueron también, a su manera, “foquistas” urbanos agrupamientos como Tacuara o la Guardia Restauradora Nacionalista?).

Pero lo importante a retener es que, otra vez, si en los revisionistas de derecha pudimos ver nacionalistas burgueses sin nación y sin burguesía , en los de izquierda nos encontramos ahora con nacionalistas “populares” con una definición tan amplia y “policlasista” de la noción de pueblo , que indefectiblemente terminan jugando el juego de al menos alguna fracción de la burguesía, ideológicamente esfumada detrás del “Estado ético” no menos hegeliano e idealizado que el de sus antecesores de derecha. Y otro tanto vale para sus “héroes” históricos, entre los cuales, aunque parezca asombroso –y si bien, como dijimos, hay una mayor presencia de caudillos más populares como Artigas, Quiroga, Peñaloza- , sigue descollando Rosas. Con muchas mayores ambivalencias, sin duda, puesto que su figura presenta muchas dificultades para ser defendido desde una posición de sedicente “izquierda”; pero en última instancia es el “antiimperialista” de Vuelta de Obligado, y en última instancia es el líder “gaucho” de las masas pobres de la provincia de Buenos Aires, y en última instancia es –aunque en algún caso como el de Ramos se le reconozca su interés objetivo en negociar con los ingleses- el “Bonaparte” (claro que una versión retrógrada, oscurantista, despótica e ideológicamente reaccionaria, pero “Bonaparte” al fin) que supo mediar entre los intereses del puerto porteño y el interior atrasado. Y que “objetivamente” representó un proyecto nacional-burgués radicalmente diferente y opuesto al que terminó triunfando en Caseros; y que entonces, con todos sus claroscuros, merece el papel retroactivo de fundador de una potencial “burguesía nacional” cuyo “proyecto” fue aniquilado para beneficio del Puerto liberal, que representaba el proyecto contrario , oligárquico y pro-imperialista.

Pero no. No es tan fácil.

4. Hay una tercera corriente historiográfica que se preocupó de manera apasionada y rigurosa por develar las lógicas complejas de la historia argentina, y que el actual debate –como era previsible- ha optado por ignorar: la inspirada por un marxismo abierto y complejo, y cuya finalidad era la de desmontar los esquematismos duales y los maniqueísmos simplificadores que reducían la historia argentina a un enfrentamiento a muerte entre “ángeles” y “demonios”. Esta corriente, por el contrario, se propuso demostrar que –fuera de manera consciente o no- ese “método” servía para ocultar que esa “batalla cultural” (y a menudo muy material, por cierto) era una confrontación “intra-hegemónica” dentro del mismo campo: el campo de las distintas fracciones de la clase burguesa dominante en formación, todas cuyas partes componentes no tenían otra salida (no se trata de las intenciones o las ideologías individuales ) que el sometimiento –en mayor o menor medida, con mayores o menores tensiones y / o grados de “asociación”- al imperialismo entonces hegemónico en el sistema-mundo , el británico.

Esto vale también para Rosas, como luego lo examinaremos; anticipemos simplemente, por ahora, que no es exacto que con Caseros se haya anulado un proyecto nacional-burgués “auténtico”, popular y antiimperialista a favor de lo contrario. Caseros –y no lo estamos minimizando, pero hay que ponerlo en su debido contexto- significó el triunfo de una de esas “fracciones” sobre las otras. Los caudillos del interior, por su parte –aunque por muchas razones podrían caernos más “simpáticos” que los otros dos grandes bandos en pugna, el unitarismo y el rosismo- representan otra cosa, y esa “cosa” es una estricta imposibilidad histórica. Si bien también ellos podrían inscribirse como otra de las “fracciones” -la de los medianos terratenientes del interior empobrecidos por la competencia “desleal” de las mercancías europeas introducidas por el puerto de Buenos Aires, etcétera- el atraso e incluso la parálisis de sus pequeñas “industrias” artesanales las condenaban, más tarde o más temprano, a su desaparición como tal “fracción”, en tanto “víctimas” de la lógica económico-social (y sus expresiones políticas) con las que estaba conformándose el país y la región desde el virreinato del Río de la Plata . Si en determinadas etapas del conflicto político se apoyaron en Rosas (sin mengua de que en otras, como sabemos, lo enfrentaron) fue porque resultaba el “mal menor”, o por una posición defensiva frente al Puerto, bajo la esperanza utópica de retrasar lo más posible su ocaso histórico. Entonces, en este plano, no se trata de “simpatía” (que probablemente la tienen por comparación), ni de una adhesión moral a la representatividad más “popular” (que probablemente la tenían también) de esos caudillos, lo cual significaría nuevamente un reduccionismo ad hominem , por así decir. Se trata de discernir retroactivamente (eso, entre otras cosas, es “hacer historia”) cuáles fueron las fuerzas materiales que estaban realmente en juego. Y también de discernir, en un segundo momento, qué significa ese primer “discernimiento” para los debates del presente.

Ahora bien: esta corriente historiográfica de la cual estamos hablando –y que genéricamente provino, con sus matices y diferencias internas, del trotskismo- no existía aún de manera sistemática en esos años 30 y tempranos 40 que presenciaron el ascenso del revisionismo histórico. No lo era ciertamente el “marxismo” del PC o del PS, que ya en esa época y aún antes (recuérdese su oposición “por derecha” a Yrigoyen, a quien identificaban como un “caudillo federal” bárbaro y demagógico) había optado por una versión suavemente “estalinizada” de la historia mitrista y la línea “Mayo-Caseros”. Fue esa ausencia la que permitió que el revisionismo nacionalista de derecha (con los matices que hemos visto) tomara a su cargo, casi en forma exclusiva, la impugnación de la historia-Mitre , con las serias limitaciones –no sólo ideológicas, sino propiamente historiográficas- que también señalamos. Es en este contexto, pues, que hay que entender las alusiones que hemos hecho más arriba a los “aportes” del revisionismo originario, y principalmente a su “introducción” del vínculo entre la historia del pasado y la política del presente . Pero en las décadas del 40, y sobre todo del 50 y 60 –vale decir, en el período de “recambio” del revisionismo de derecha por el de izquierda- aparecieron pensadores como Liborio “Quebracho” Justo, Luis Franco, y muy sobre todo Milcíades Peña –por supuesto completamente “ninguneados” en los debates actuales- que, para decirlo vulgarmente, “patearon el tablero” de aquellos binarismos que, en el fondo, ocultaban diferentes versiones de la “historia oficial”.

El caso de Milcíades Peña es especialmente importante para las polémicas actuales. Muchos de los que cuestionan la pertinencia actual del revisionismo –y por lo tanto, del Instituto Dorrego- lo hacen en nombre de las corrientes historiográficas que se consolidaron en los últimos 50 años (desde la historia social a la de las “mentalidades”, desde el estructuralismo a la “micro-historia”, desde la historia de las ideas a la etnohistoria, y así) y que se les aparecen olímpicamente ignoradas en la actual reedición del par opositor mitrismo / revisionismo. Pero nosotros estamos hablando precisamente de hace medio siglo , del momento de auge del revisionismo de izquierda, cuando ninguna de esas “nuevas historias” había aún aterrizado en nuestras pampas (la escuela de los Annales , que data asimismo de la década del 30, en los años 50 todavía era entre nosotros un “secreto de iniciación” de reducidísimos círculos). En aquel contexto, Peña fue un absoluto y asombroso pionero . Él fue el único que, repitamos, entre la segunda mitad de los 50 y la primera de los 60 (Peña murió trágicamente en 1965, a los 33 años de edad) construyó una interpretación marxista sistemática de la historia argentina –los siete tomos de la Historia del Pueblo Argentino [3]-, utilizando con pasmoso rigor y creatividad anti-dogmática los parámetros básicos del materialismo histórico, si bien apelando asimismo a bibliografía no-marxista de incontestable seriedad, y a un monumental volumen de documentación original y fuentes primarias. Con ese instrumental se aplicó en profundidad a desmontar uno por uno los “mitos” tanto de la historiografía liberal como de la revisionista, de izquierda y de derecha. Esto es algo fundamental: como se sabe, ignorar a un pensador es sólo una manera de neutralizarlo: la otra es falsificar su pensamiento. En la defensa del “neorrevisionismo” ensayada desde ciertos círculos oficiales a raíz de la fundación del Instituto Dorrego, se ha intentado “flexibilizar” la categoría de revisionismo para incluir en ella no sólo, digamos, a Abelardo Ramos (que, a decir verdad, nunca se reconoció plenamente en esa etiqueta, y por eso acuñó la de “izquierda nacional”), sino al mismísimo Milcíades Peña. Esta es una maniobra incalificablemente burda. Incluso los auténticos revisionistas tanto de derecha como de izquierda deberían –si no fuera porque la mayoría ya han muerto- sentirse ofendidos por el abuso, si tomamos en cuenta que fue una corriente de pensamiento que, aunque como dijimos no podía constituirse en alternativa radical, surgió mayormente en oposición al poder de turno durante la denominada “Década Infame”, mientras que su “reclutamiento” actual se hace desde el poder político. En el caso de Peña, que sí representó esa alternativa, aún cuando por comodidad quisiera seguir usándose el término –ya dijimos que cualquiera parece tener el derecho de apropiárselo-, habría que hablar en todo caso de un meta-revisionista , ya que no sólo se limitó a “revisar” la historiografía liberal, sino que fue el más implacable “revisionista” del revisionismo .

Por supuesto que de todos nuestros historiadores marxistas fue el más pasionalmente concernido por la “cuestión nacional” –en primer lugar, porque como debería ser obvio, hay peculiaridades y particularismos de las historias locales que no pueden ser alegremente disueltas en la abstracción de las grandes “leyes” históricas-. Pero con el objeto de demostrar que esa “cuestión” no había sido resuelta en Caseros, y que Caseros no había sido por sí mismo el impedimento para que la resolviera un Rosas que no hubiera podido resolverla aunque quisiera, y que no la habían resuelto tampoco ni Mitre, ni la generación del 80, ni el radicalismo ni el peronismo, y más aún, que no había posibilidad de resolverla dentro de los límites de un capitalismo dependiente y semicolonial que no había sido superado nunca , y que desde sus propios orígenes había estado imposibilitado de generar ninguna verdadera “burguesía nacional”, y que en consecuencia no había solución posible para ella por fuera de un movimiento de las masas populares con la dirección de la clase obrera en pos del socialismo (como quiera que este se definiera). Hoy podrá haber quienes, por buenas o malas razones, discutan que esto último sea posible. Pero la demostración de Peña apunta a la conclusión de que, si es posible, sólo lo será de esa manera, y no mediante la alianza con ninguna improbable “burguesía nacional”.

No hay manera de ocultar, disfrazar, disimular o suavizar este posicionamiento histórico-político, que queda nítidamente planteado desde la primera página de su Historia del Pueblo Argentino , y que, se esté o no de acuerdo con sus conclusiones, Peña se dedica a argumentar con el máximo de rigurosidad teórica y “científica” durante las casi mil páginas siguientes. Pretender asimilarlo, pues, aunque fuese tolerantemente “por izquierda”, al revisionismo tout-court , o siquiera a la “izquierda nacional” en sentido estricto y estrecho (con la cual por otra parte Peña tuvo ríspidos debates) es amputarle desconsideradamente no sólo su enorme originalidad , sino –e igualmente grave o peor- su diferencia teórica, ideológica y política. Un viejo y cínico truco, que no vamos a dejar pasar. Nuevamente, no se trata de indignación “moral”, ni solamente de justicia con la memoria de un hombre como Peña –lo cual ya sería suficiente justificación-, sino de que si no hacemos honor a la verdad , al menos hasta donde nos es dado aprehenderla, mal podemos pretender “recuperar” nuestra historia para las luchas del presente (curiosa paradoja: manifiestamente el instituto de marras se funda para “rescatar” nombres “olvidados”… y entonces se lo somete a alguien como Milcíades Peña a un doble olvido: el que ya sufría, y el del recuerdo “olvidador” que deforma su pensamiento).

Establecido lo cual, pasemos al “meta-revisionismo” de Peña. Es obvio que no vamos a poder, en este espacio, siquiera aproximarnos a la totalidad de su obra. Me interesa, sí, establecer ante todo el marco en el cual hay que entender su interpretación de la historia argentina, marco que –ya lo dijimos- es ajeno a las dicotomías “heroicas” en la que encasillaron esa historia los mitristas liberales tanto como los revisionistas. Horacio Tarcus, atinadamente, lo ha llamado “pensamiento trágico”. Efectivamente, un pensamiento puede llamarse trágico cuando advierte que la realidad , tal como está planteada, no deja salida a los sujetos que pugnan por acomodarse a ella. La “salida” es, entonces, mítica (o, si se quiere, puramente “ideológica” en el mal sentido), en la acepción que Claude Lévi-Strauss ha dado del discurso mítico, cuando lo define como un discurso que “resuelve” en el plano de lo imaginario las contradicciones que no se pueden resolver en el plano de lo real.

La historia “oficial” y el revisionismo, según la perspectiva de Peña, han hecho exactamente esto, más allá de su irreductible enfrentamiento. Han construido grandes narraciones míticas sin preguntarse por las condiciones materiales que pueden dar lugar –por supuesto que con las mediaciones y especificidades correspondientes- a tales relatos. Esas condiciones materiales, para nuestro caso, están establecidas desde el inicio, por el hecho de haber sido colonia española. Peña es implacablemente irónico con los “revisionistas” de cuño estaliniano (Puiggrós es aquí el paradigma) que creen poder inferir que porque España, en el momento de la conquista, es un país “feudal” (lo cual es en sí mismo discutible, al menos bajo una etiqueta tan gruesa y unilateral), entonces traslada mecánicamente sus estructuras a las colonias: “Perfecta deducción formal… y perfecto error”. No, España incorpora bruscamente a las colonias a un mercado mundial que ya está en pleno proceso de “acumulación originaria” de Capital. Por supuesto que se trata de un capitalismo todavía comercial y financiero, pero en una fase que –como demuestra Marx en el capítulo XXIV de El Capital – pertenece ya a la historia del capitalismo. Las colonias, y en particular el Río de la Plata, caen en el capitalismo sin necesidad de haber atravesado la “etapa feudal” y desarrollar “internamente” su capitalismo como lo hiciera, digamos, Inglaterra. Pensar que todas las sociedades tienen que necesariamente “evolucionar” según las mismas líneas que los capitalismos “avanzados” es un formalismo abstracto totalmente anti-dialéctico, desatento al desarrollo desigual que, en todo caso, sí es ella una “ley” histórica empíricamente comprobable. De otra manera sería completamente incomprensible el hecho de que la potencia que nos colonizó haya sido precisamente España , que no solamente era una sociedad aún “semi-feudal”, sino un país –dice Peña con una interpretación genialmente audaz- él mismo dependiente y semi-colonial (abastecedora de materias primas para las industrias europeas más avanzadas, y cuya economía interna estaba controlada directamente por extranjeros: básicamente, judíos y genoveses).

Ahora bien, no es a pesar sino porque España era “atrasada” en este sentido que nos conquistó. Necesitaba urgentemente –para no sucumbir ante la competencia de las potencias más avanzadas- “hallar algo que pudiera ser vendido en el mercado europeo con el mayor provecho posible”, dice Peña citando a Bagú [4] . El objetivo de la colonización fue plenamente capitalista –aunque España no tenía una verdadera clase capitalista propia, una “burguesía nacional”-: “producir en gran escala para vender en el mercado (mundial) y obtener una ganancia”. Eso fueron las colonias: una serie de factorías , de “fábricas” que España instaló fuera de ella, porque ella no las tenía ni podía desarrollarlas adentro . Desde luego que no eran “fábricas” capitalistas en el sentido moderno del término; pero eran capitalistas . Peña ironiza sobre las tesis “feudalizantes” de Puiggrós y otros revisionistas de izquierda: “(…) Entienden por feudalismo la producción de mercancías en gran escala con destino al mercado mundial, y mediante el empleo de mano de obra semiasalariada (Peña demuestra que la esclavitud y las relaciones “feudales” en modo alguno eran las relaciones de producción dominantes en el Río de la Plata, de modo que ni siquiera una concepción estrecha de unas relaciones de producción que no tomara en cuenta la escala mundial sería una objeción suficiente [5] ) similares a las que muchos siglos después acostumbra levantar el capital financiero internacional en las plantaciones afroasiáticas. Si esto es feudalismo, cabe preguntarse con cierta inquietud que será entonces capitalismo” [6].

Ahora bien, lo que sí nos “legó” España, a falta de su “feudalismo”, fue la completa impotencia para generar una clase burguesa nacional , y por lo tanto obviamente para llevar a cabo ninguna auténtica revolución “democrático-burguesa” con base popular como la francesa o la inglesa (revolución burguesa que, en ese sentido, tampoco conoció nunca la propia España ): “El poder real –el económico- de la sociedad colonial

se hallaba en manos de las oligarquías terratenientes y comerciales hispano-criollas. La jerarquía burocrática de virreyes, gobernadores, capitanes generales, etcétera, tenía la misión de proteger los intereses de España (es decir, de la Corona y el comercio de Cádiz), pero en la realidad de la colonia debía forzosamente oscilar entre esos intereses y los de las clases dominantes de la colonia; más de una vez debía aceptar sus exigencias en contraposición de los intereses de la metrópoli. Esa burocracia importada fue el único grupo social dominante a quien la independencia vino a liquidar” [7] . Y si pudo “liquidarla”, en realidad fue porque España misma ya se había “auto-liquidado” entregando su “modernización” a Napoleón.

Es decir: al revés de lo que sucedió por ejemplo con la revolución independentista haitiana de 1791 / 1804 (la primera y la más radical de nuestras revoluciones anti-coloniales, donde fue la clase explotada por excelencia –los esclavos de origen africano- la que tomó el poder y fundó una nueva nación), la nuestra en cierto modo llegó desde afuera y desde arriba ; fue en lo esencial una revolución pasiva en el más estricto sentido del término [8]. Una “revolución” que no voltea ninguna inexistente “monarquía absoluta” (la que había, la de la metrópoli, fue volteada por los franceses) y se limita a sacarse de encima una burocracia extranjera parásita que ya no cumplía función alguna, no es una revolución : no reemplaza el poder de una clase por el de otra, sino que simplemente deja a las verdaderas clases dominantes locales –las oligarquías terratenientes y comerciales criollas de las que habla Peña- donde siempre habían estado, sólo que con menores trabas. La “revolución” de Mayo no hizo más que consolidar lo ya existente: un capitalismo sin burguesía “nacional”, totalmente dependiente del mercado mundial, con absoluta prescindencia de nada parecido –siquiera formalmente- a una “soberanía popular” (“La única soberanía que trajo la independencia fue la de las oligarquías locales sin el estorbo de la Corona” [9]), todo lo cual significó una “puesta al día” del Río de la Plata con la única salida posible para las clases dominantes en las condiciones de la época: su plena incorporación al mercado mundial y su subordinación sin intermediarios (la atrasada España ya hacía mucho que cumplía ese rol de intermediación con el mercado mundial) al capitalismo inglés.

Esta es, en definitiva, la explicación de por qué hablábamos de los revisionistas como de “nacionalistas burgueses” sin “burguesía nacional”. El intento de demostrar aprés coup -como dirían los franceses- lo que nunca existió no soluciona nada, salvo “míticamente” –y es un mito que se proyecta hasta nuestros días en términos claramente políticos -. Paradójicamente, como dice Peña, el intento del revisionismo de izquierda de “inventar” retrospectivamente una revolución burguesa y por lo tanto una “burguesía nacional” que nunca podía haberse originado espontáneamente por fuera de la dependencia del mercado mundial –vale decir, del imperialismo-, ese intento “no es más que la traducción y la reestructuración en términos (pretendidamente) marxistas de la tradicional novela de la historia oficial” [10]. Esto vale también, y quizá especialmente, para esa verdadera coartada -no hay otra manera de llamarla- de esa “traducción” que es el nombre de Rosas. Traducción traidora y deformante al punto de que ha terminado haciéndose de Rosas el emblema mismo del “federalismo”, cuando desde el punto de vista de las relaciones entre las provincias y el poder central, el gobierno de Rosas fue el más unitario y centralizado posible desde la declaración de la independencia. Como es perfectamente lógico, por otra parte: Rosas, en tanto representante de la burguesía agraria bonaerense –y el que desarrolló verdaderamente un “capitalismo agrario” cimentado en la alambrada y el saladero- necesitaba mantener el control del Puerto y la Aduana tanto como la burguesía comercial de la ciudad de Buenos Aires, puesto que era tan dependiente como esta de las buenas relaciones con Inglaterra [11]. Lo que Rosas representaba no era –ni podía serlo: no es una cuestión de voluntad- una clase burguesa “nacional”. Esto no significa desconocer episodios defendibles como el de Vuelta de Obligado: sencillamente significa ponerlos en su debido contexto y no confundir “fetichistamente” la parte con el todo.

Pero esa fetichización es precisamente lo que ha hecho tanto la historia “oficial”, liberal-mitrista, como la revisionista-nacionalista. La primera ha transformado a Rosas en un Monstruo opresor (“la Esfinge del Plata”, lo llama Sarmiento en el Facundo ), pero por supuesto sin poner en cuestión la base económica sobre la cual se asentaba tal “opresión”, que era exactamente la misma que la de los unitarios: la asociación con el imperialismo entonces dominante. El revisionismo inventa un Rosas “gaucho” y “nacional” (cuando no…¡nacional y popular!) también pasando por alto esa evidencia palmaria, para no mencionar el despotismo oscurantista y católico-arcaico, la Mazorca, el genocidio indígena (es Rosas, mucho antes que Roca, el iniciador de las “campañas del desierto” destinadas a “liberar” tierras para la ganadería). Es cierto que hay en Rosas una vertiente que hoy podríamos llamar “populista”, y que le valió un nada despreciable apoyo de masas; pero es un paternalismo despótico cuya finalidad es “limpiar” la pampa de gauchos libres y transformarlos en peones semi-asalariados, semi-serviles [12], además de “masa de maniobras” políticas. Como dice Waldo Ansaldi, “Se comprende así que, una vez alcanzado el poder, la dictadura rosista, a la que se llega usando la movilización de las clases subalternas, tenga su símbolo en la Mazorca, no en esas clases, otra vez condenadas a ser eso: clases subalternas” [13].

Y es parcialmente cierto, también, que la propia naturaleza de sus mercancías exportables (la carne salada, básicamente), que podía venderse asimismo en Brasil o Cuba para alimentación de los esclavos negros, le permitía a la burguesía terrateniente bonaerense un relativo –muy relativo- margen de negociación con quien era, y siguió siendo siempre, su cliente principalísimo, el Imperio Británico. Pero, ¿basta esa pizca de autonomía completamente marginal frente a la masiva dependencia del imperialismo para fantasear con una “burguesía nacional”? Es pensar muy poco de la burguesía y de la nación, para no hablar de las “clases subalternas”. Completemos la cita de Ansaldi: “Se desvanece así la posibilidad de una dictadura revolucionaria nacional, como la que pide ese grupo de intelectuales y políticos sin partido y sin bases nucleado en la Asociación de Mayo (Marcos Sastre, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría), opuestos originariamente tanto a la facción federal como a la unitaria. El feo rostro de la avaricia terrateniente de Buenos Aires y el mezquino interés provincial, autonomista, de esta clase liliputiense por estructura y por visión, postergan la posibilidad de constituir una nación. Cuando ella sea real, el costo social (en su acepción más amplia) resultará demasiado alto en relación a sus logros”.

5. ¿Qué se pretende, hoy, con la promoción de un “renacimiento” del revisionismo histórico a través de un Instituto del Estado? Puesto que es imposible saber qué ideas pasan por la cabeza de los sujetos concretos que han tomado la decisión, más bien la pregunta debería ser por qué significa “objetivamente” en términos de las “tácticas del presente”.

Es fácil –demasiado fácil- ironizar sobre los aspectos más anecdóticos. Sobre el hecho, por ejemplo, de que el designado director del Instituto sea un “intelectual” tan profundo y consecuente como Mario O’Donnell, cuya hondura analítica en materia historiográfica permanece a ras de la tierra, y cuya trayectoria “nacional y popular” es una broma de mal gusto a costa de radicales, menemistas o lo que venga. No tiene mucha importancia, salvo para preguntarse cómo es que el gobierno no pudo encontrar a alguien un poquito más “presentable”. Historiadores revisionistas con cierta mayor consistencia no faltan en el país; ¿por qué no aceptó formar parte del Instituto Norberto Galasso, por ejemplo? ¿Por qué no se lo ofrecieron a León Pomer? ¿por qué no al actual subsecretario de Derechos Humanos Eduardo Luis Duhalde, que tiene algunos atendibles textos “revisonistas” (sobre la Guerra del Paraguay, entre otros temas ríspidos) en su momento escritos conjuntamente con Rodolfo Ortega Peña, asesinado por las 3-A? ¿por qué no a cualquier otro intelectual serio , incluso de los cercanos al gobierno, ya que se postula –con razón- que la historia está estrechamente vinculada no sólo a la política, sino a la memoria cultural de la Nación, por así decir? ¿por qué, en lugar de un “decretazo” creando una nueva instancia burocrática con las complicaciones que eso implica, no haber creado, digamos, una dependencia de la Biblioteca Nacional, cuyo director, Horacio González, es un amplio conocedor de la historia cultural argentina? Más en general: ¿por qué se considera necesario un Instituto de esta naturaleza en este momento, en el que suena como una especie de extemporáneo anacronismo? Finalmente, no dejan de tener su momento de verdad -bien que entremezclado con lo que llamábamos “vanidad académica” y hasta con una cuota de “gorilismo” ideológico, y sin hacerse cargo de la política que ellos mismos hacen mediante su historiografía “científica”- los argumentos de intelectuales más o menos liberal-“progres” como Beatriz Sarlo o Luis Alberto Romero, cuando protestan por la exclusión de las nuevas corrientes historiográficas del último medio siglo (incluidas, faltaba más, las inspiradas por el marxismo [14]). ¿Por qué, entonces? No lo sabemos, y las explicaciones distan de ser claras.

Tenemos motivo, pues, para hipotetizar razones de índole ideológico-político bien actuales , bien ligadas a las “tácticas del presente”. Para decirlo breve y telegráficamente, la necesidad de reconstruir una genealogía , de volver a “inventar una tradición” (para decirlo con la ya canónica expresión de Eric Hobsbawm [15]), que establezca una continuidad y le de prestigio “histórico” a las políticas actuales de “conciliación de clases” bajo la (supuesta) tutela del Estado. Los mitos de la historia argentina revisados críticamente por Milcíades Peña entre otros –tanto el “mitrista” de una república liberal-democrática europeizada como el “revisionista”, especialmente el de izquierda, de una burguesía “nacional” con el que la clase obrera y los sectores populares podrían aliarse contra el imperialismo al amparo del Estado ético-benefactor, que es la versión que el Instituto aparentemente se propone reeditar (y para toda América Latina: la Presidenta festejó Vuelta de Obligado con una divisa punzó y la efigie de Rosas, mientras casi simultáneamente le regalaba a Chávez un ejemplar de Historia de la Nación Latinoamericana de J. A. Ramos: un interesante gesto “oscilatorio” [16]), y lo que nos interesa en este momento- se nos vuelven a presentar como los contendientes de una batalla cultural que no contempla otras líneas de fractura social y políticamente más profundas ; esa “batalla” parece ser la misma que el actual gobierno libra contra sujetos como la “oligarquía terrateniente” y la “corporación mediática”, como si la historia no hubiera transcurrido y cambiado mil veces desde “Mayo-Caseros” (¿y no es una de las funciones centrales del mito –para insistir con Lévi-Strauss- la de erigirse en una “máquina de suprimir la historia”?). Como si hoy la “oligarquía terrateniente” fuera, en cuanto a sus intereses históricamente objetivos algo radicalmente diferente y para colmo enfrentado al capital industrial, comercial y financiero “mundializado”, y no tuvieran esas fracciones de la clase dominante proyectos estructuralmente convergentes más allá de las divergencias coyunturales por el “reparto de la torta”, por decirlo vulgarmente, manteniendo sin embargo la lógica fundamental, como hemos visto que lo ha analizado Peña desde los inicios mismos de nuestra historia “independiente”. Caseros, en este sentido, constituyó una continuidad de lo que representaba Rosas, con un cambio de elenco en cuanto a las fracciones de la clase dominante más directamente beneficiarias. No es cuestión de minimizarlo, puesto que ese “cambio de elenco” costó miles de vidas. Pero tampoco es cuestión de transformarlo en un mito fundante , ya sea para ensalzarlo o para condenarlo, como si algo verdaderamente radical se hubiera transformado en la historia argentina con Caseros. Rosas fue la versión “proto-bonapartista” de una orientación oligárquico-burguesa asociada –con algunas ínfulas menores de “autonomía”- al imperialismo, versión que después de Caseros será “normalizada” mediante la eliminación de sus conflictos internos. No es de extrañarse que ese “mito”, creado como mito negativo por la historiografía mitrista, sea cada tanto “resignificado” como positivo por gobiernos que necesitan volver a legitimar , con las novedades correspondientes a los contextos cambiantes, la misma matriz político-ideológica. Con sus diferencias, matices y aún excepciones, esta tarea “cultural” ha estado casi siempre en manos del revisionismo, y no parece ser muy distinto hoy.

En suma: ¿Fue, el “revisonismo histórico” argentino, aún dentro de sus parcialidades y sus cambiantes improntas ideológicas, una reacción saludable contra el “mito mitrista”? Probablemente. Pero al mismo tiempo se inscribió plenamente, como inversión especular, en la misma mito-lógica mitrista. Poner la estatua de Rosas en lugar de la de Sarmiento, o la del Chacho Peñaloza en lugar de la de Mitre, puede ser un gesto ideológico-político que abra alguna polémica interesante, pero sigue siendo intentar resolver “imaginariamente”, por una operación de exclusión simétrica a la anterior, un conflicto constitutivo de la historia nacional. Como lo explica el ya citado Lévi-Strauss, el mito tolera perfectamente, y aún requiere, esas oposiciones binarias que representan contradicciones formales que justamente sirven para organizar el “orden” del discurso mítico: alto / bajo, cielo / tierra, animales que vuelan / animales que se arrastran, Sarmiento / Rosas, Mitre / Peñaloza. Lo que el mito no podría tolerar es el “núcleo traumático” de la lucha de clases, inasimilable como mera oposición, que des-ordena la elegancia simétrica de la estructura. Insistir en leer la historia argentina, hoy, bajo esa lógica de pares de oposiciones formales que se resuelven solamente (no decimos que esos símbolos no tengan su acotada importancia) en cambiar las estatuas y los nombres de las calles, en verdad no “resuelve” nada en lo real , porque efectivamente ese “trauma” no tiene solución más allá de su expresión en síntomas de todo tipo.

Una lectura sintomática (como la que proponía Althusser) del Facundo , por ejemplo, podría demostrar que –independientemente del partido consciente que toma Sarmiento- la oposición Civilización / Barbarie , en efecto “sintomáticamente” articulada por una y , no polarizada en alternativas excluyentes por una o (¿Sarmiento “benjaminiano”?), esa oposición, decía, no es meramente formal: también ella representa proyectos políticos contrapuestos, “historias diferenciales”, cuyo choque irreconciliable –y no su yuxtaposición como pesos en la balanza del “equilibrio” formal- constituye a la historia argentina del siglo XIX (y sus prolongaciones posteriores, en distintas formas). Eso, para no abundar en la por momentos muy explícita fascinación que siente Sarmiento por la “barbarie”, casi como si lo que él quisiera fuera la “civilización” europea, sí, pero con el barro y la sangre de la “barbarie” americana, en contra del europeísmo blandengue, melifluo, “urbano” y más bien kitsch de quienes retratan a Facundo o quien fuere de levita y chistera, en lugar de con su poncho y su lanza tacuara. Una identificación fascinada que salta “sintomáticamente” en muchos detalles más o menos laterales de sus descripciones, aún las más aparentemente circunstanciales (el modelo de una lectura semejante lo tenemos mucho más cerca que Althusser, por cierto: véase por ejemplo el capítulo de Literatura Argentina y Realidad Política en el que Viñas lee un “síntoma” similar en las igualmente fascinadas y fascinantes descripciones de los ambientes rosistas en la Amalia del unitario José Mármol). El rescate que hace Peña de figuras como las de Sarmiento o Alberdi tiene que ver con esto. Más allá de las posiciones ideológico-políticas, por otro lado cambiantes, de cada uno de ellos, no se puede dejar de ver que, aún cuando su proyecto fuera desde ya el de una fracción de la burguesía (¿y qué otro podía haber en ese momento?) intentaron pensar la nación de una manera compleja, profunda y “trágica”, sin someterse a las dicotomías simplistas.

El revisionismo no fue capaz de hacer esto a fondo, por las razones que hemos visto. Su perspectiva al mismo tiempo espiritualista y sustancialista de lo “nacional” no les permitía ver que toda nación es una construcción permanente, y que la naturalización del concepto de “nación” es un “invento” de la modernidad burguesa. Hay, sin embargo, un sustrato de lo “nacional” (en la acepción más amplia posible) que es muy anterior a las naciones en su sentido moderno-burgués, y que inconscientemente –por la mediación de la lengua y la cultura compartidas, pero también de la materia “terrestre” en la cual estamos inscriptos en tanto cuerpos- produce lo que se suele llamar una comunidad , o comunitas , o ekklesia , o como se quiera decir. No estamos diciendo que ella sea homogénea y cerrada: justamente porque no lo es, porque está atravesada por las fracturas sociales, la dominación y opresión de las clases dominantes que es la lógica misma de ese propio capitalismo que ha inventado la nación político-jurídica, hay momentos históricos en que la comunitas , no importa cuán culturalmente “plural” pueda ser internamente, siente que las clases dominantes le han expropiado , le han enajenado por la fuerza (incluida la fuerza ideológica, o lo que Gramsci llamaba la hegemonía cultural) su “materia terrestre”. Todo esto, que podría sonar poco “marxista”, puede leerse con todas las letras en la extraordinaria sección sobre las sociedades pre-capitalistas de los Grundrisse [17]. No hace falta ser propietario económico de un pedazo de tierra para sentir eso; más bien al contrario, no serlo agudiza el sentimiento de expropiación injusta: si no tengo más que mi cuerpo y mi fuerza de trabajo –si soy un proletario , en el sentido de Marx- soy potencialmente más consciente (para es pasaje del en-sí al para-sí se tiene que dar todo un entramado de complejas circunstancias históricas, claro está) de que la comunitas ha sido expropiada, de que el bien común ha sido “privatizado” por las clases dominantes, tanto las “nacionales” como las mundiales –que a estos efectos son las mismas -: esta es la razón “antropológica”, entre paréntesis (aparte de las muchas otras razones propiamente históricas), por la cual se puede decir que no existe tal cosa como una “burguesía nacional”; la clase dominante, por definición, es ajena a, está separada de, la comunitas , del “bien común” que recién nombrábamos: ella sólo conoce el bien propio , que no es “común”. ¿Ese “bien común” tiene hoy el nombre de nación ? Y bien, habrá que dar la pelea en ese terreno, hasta que lo cambiemos, y en el camino a cambiarlo, si fuera necesario, pero sin perder de vista esa “base material”. La “nación” se transforma así –como sucede con la propia lengua para un Bajtín, por ejemplo- en un campo de batalla , en el escenario de una lucha por el sentido que esa palabra, “nación”, tiene para la comunitas y para su necesidad de recuperar la “materia terrestre” expropiada por los Amos, los de “afuera” y los de “adentro”. Pero un campo de batalla está en permanente movimiento , y no puede ser “normalizado” por un equilibrio de pares de oposiciones cuyos términos pertenecen a la misma lógica estructural.

El revisionismo, como ya lo dijimos, aún el más “crítico”, ha tendido a tener una visión externalista del imperialismo. Pero hay que tener claro –nos permitimos reiterarlo- que en el fondo ese “adentro” y ese “afuera” son lo mismo : siempre es la clase dominante mundializada apropiándose del “bien común” que es la nación. Esta es la crítica central e irrenunciable que fraternalmente hay que hacerle a los militantes y / o intelectuales “nacional-populistas” que confían demasiado en la existencia de “burguesías nacionales” con presuntos intereses contrapuestos con las burguesías “internacionales”, y por lo tanto se someten a unas políticas de “colaboración de clase” que a la corta o a la larga terminan reproduciendo la expropiación. Porque, si se acepta todo lo que hemos dicho antes, la conclusión necesaria es que solamente las clases desposeídas y oprimidas pueden representar auténticamente la comunitas ; sólo ellas pueden ser consecuentemente “nacionales” en el sentido de capaces de recuperar el “bien común” para el conjunto de la comunitas . Y esto es así para todas las naciones. En este sentido es que no hay que abandonar el “internacionalismo”: las causas nacionales y las internacionales no se excluyen mutuamente, sino que entre ellas se establece una permanente dialéctica en movimiento . Esta es la posición de izquierda ante “lo nacional” que se debe sostener hoy, y mucho más frente a las falacias ideológicas igualmente expropiadoras de la llamada “globalización” (en verdad la mundialización de la Ley del Valor del Capital , como diría Samir Amin). Se debe recuperar, por qué no, aunque también redefiniéndola una y otra vez, la clásica consigna de la unidad emancipada de América Latina (y del mundo). Pero sabiendo que esa emancipación no la llevarán a cabo hasta el fin las clases dominantes, incluso las más pretendidamente “progres” (estén donde estén).

Eduardo Grüner

[1] Cfr. Zuleta Álvarez, Enrique: El Nacionalismo Argentino , Tomo 1, Bs As, Ediciones La Bastilla, 1975
[2] Jacovella, Bruno: “La oligarquía, las ideologías y la burguesía”, en Nueva Política del 3 de agosto de 1940, págs. 13-15 (citado en Zuleta Álvarez, op. cit. Págs. 458-59). De más está decir que Jacovella fue expulsado sumariamente de Nueva Política y tuvo que recalar en Orden Nuevo , el periódico de los Irazusta y Palacio –donde ya escribían, entre otros, Jauretche y Scalabrini Ortiz-.
[3] Esos siete tomos fueron editados póstumamente entre fines de la década del 60 y principios de la del 70 por Ediciones Fichas (en homenaje a la revista Fichas que Peña había dirigido y escrito casi exclusivamente -con la colaboración ocasional de Jorge Schwarzer-, y donde originariamente aparecieron la mayoría de los capítulos de la obra total), hoy prácticamente inconseguible. Sus títulos son: “Antes de Mayo”, “El Paraíso Terrateniente”, “La Era de Mitre”, “De Mitre a Roca”, “Alberdi, Sarmiento y el 90”, “Masas, Caudillos y Élites”, y “El Peronismo: Selección de Documentos”. Existe ahora, afortunadamente, una edición reciente en dos volúmenes: Historia del Pueblo Argentino , Buenos Aires, Ediciones Montevideo, 2010. Ediciones Fichas también publicó en su momento La Clase Dirigente Argentina Frente al Imperialismo (1973). Un libro indispensable para tener una visión de conjunto de la obra de Peña es el de Horacio Tarcus: El Marxismo Olvidado en la Argentina. Silvio Frondizi y Milcíades Peña , Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1996.
[4] Peña, Milcíades: Historia…, op. cit. P. 29
[5] La bibliografía del debate sobre el “modo de producción colonial” ya se ha vuelto inabarcable, pero hoy ya casi ningún autor “serio” dudaría sobre el carácter capitalista de las colonias. Nos tomamos el atrevimiento de remitir al lector interesado al intento de síntesis que esbozamos en nuestro libro La Oscuridad y las Luces. Cultura, Capitalismo y Revolución , Bs As, Edhasa, 2010.
[6] Peña, op. cit, p. 33
[7] Ibid., p. 44
[8] Una vez el antropólogo e historiador Blas Alberti –que pertenecía a la izquierda nacional- me dijo algo muy sugestivo: “La diferencia entre Francia y la Argentina es que ellos saben quién hizo su revolución; nosotros todavía no”.
[9] Peña, op. cit., p. 52
[10] Ibid., p. 49
[11] Cfr., para todo esto, Peña, Milcíades: El Paraíso Terrateniente , Buenos Aires, Ediciones Fichas, 1972
[12] Puede leerse una descripción extraordinaria –tanto desde el punto de vista literario como del análisis “sociológico”- de las relaciones sociales en las estancias rosistas en Franco, Luis: El Otro Rosas , Buenos Aires, Editorial Schapire, 1968
[13] Ansaldi, Waldo: “La forja de un dictador. El caso de Juan Manuel de Rosas”, en Crítica y Utopía No. 5, Buenos Aires, Clacso, 1984, p. 86
[14] Halperin Donghi, por cierto, ha sido mucho más discreto, y uno puede especular por qué motivos. De todos modos, las irreductibles diferencias que tenemos con su perspectiva teórica e historiográfica no debieran impedirnos decir que algunos de los impulsores del Instituto Dorrego han sido manifiestamente injustos con él al “ningunearlo” como solamente un ideólogo de La Nación , o algo así.
[15] Cfr. Hobsbawm, Eric: “Introduction: Inventing traditions”, en The Invention of Tradition , Cambridge University Press, 1983
[16] Que la máxima mandataria se revista de la emblemática “mazorquera” pocas semanas antes de que el Congreso vote la llamada “ley antiterrorista” no deja de ser una simbología inquietante, sobre la que nos privaremos de abundar aquí.
[17] Marx, Karl: Grundrisse , Mexico, Siglo XXI, 1973

www.topia.com.ar/articulos/vuelve-todo-vuelve%E2%80%A6

EL HUMORISTA DE LA NACIÓN

Es difícil encontrar información sobre el prosecretario de “la Tribuna de Doctrina” fundada por Bartolomé Mitre (el genocida del Paraguay). En las fotos se lo ve con una sonrisa sobradora del tipo que alardea “me las sé todas”.

Es Carlos María Reymundo Roberts, el que perpetra su columna satírica de los días sábado, adoptando una posición kirchnerista como estratagema para bombardear desde allí con todos los estereotipos que su empleador ha derramado con entusiasmo durante 141 años, ante cualquier experiencia política con tufillo nacional y popular. Ferviente católico del Opus Dei, cajetilla de San Isidro, el hombre lleva al mitrismo en sus venas. Después de estar ausente varias semanas, regresó con la potencialidad de un adicto en abstinencia, posiblemente incentivado por el tono apocalíptico de todo el diario. La Nación se solaza alegremente desde el título central del ejemplar del 25 de diciembre, cual si fuera un diario británico: “Ratificó Londres que nunca negociará por Malvinas”, prosiguiendo con las lágrimas que derrama el periodista cautivo Joaquín Morales Solá, que posa de independiente, en su húmeda columna titulada: “Un país que oscila entre Chávez y Putin”, para referirse dramáticamente a la ley sancionada que acaba con la posición dominante de Papel Prensa cuya composición accionaria está integrada por su empleador.

Escribe el pretendido humorista bajo el título: “Yo, enviado por ELLA para salvar Europa”: “Qué bueno estar de vuelta en mi país, con mi gente y ¡en mi columna! Sí, la he recuperado para nuestra causa, venciendo los vanos intentos del gorila que me reemplazó de quedarse definitivamente con ella. Y, como ven, llegué a tiempo para cumplir con el deseo de la señora de que pase Nochebuena con toda su familia. Eso sí, estoy agotado después de una gira por Madrid, París y Berlín. Fui como enviado de Ella para asesorarlos por la crisis del euro. Nadie nos había llamado, pero me mandó igual.

Mi arribo a Madrid fue noticia en los diarios. “Llega un enviado de Cristina Kirchner para dar consejos sobre cómo enfrentar la crisis”, decían los titulares de primera plana. Cuando di a conocer los consejos de la Presidenta, la información fue a parar a las páginas de humor. En Europa no entienden nada. ”Acá la ideología le juega una mala pasada a la ironía del prosecretario. Efectivamente en Europa no entienden nada porque persisten en aplicar políticas de ajuste, profundamente recesivas, para salir de la recesión. Es como si a un anémico se le aplicara un ayuno prolongado. Esto que en medicina sería calificado de asesinato, en economía suele calificarse de racionalidad. Pero eso es lo que se ha apoyado desde La Nación cuando se aplicaron estas recetas en nuestro país, durante la dictadura establishment- militar, en la que cambió silencio por canonjías y durante el menemismo, que epilogaron con la peor crisis de la historia argentina.

LA DICTADURA KIRCHNERISTA

Continúa el escriba: “Básicamente, lo que dije allí fue lo siguiente: la primera crisis es la del relato; la historia del colapso del euro la están contando los diarios. Algo tienen que hacer. ¿Qué es eso de que los gobiernos no tienen cadenas de medios? ¿Qué pasa que no hay un solo 6,7,8 en las televisiones públicas; qué pasa que no estatizaron las transmisiones del fútbol; qué corno pasa que no compran periodistas, que no premian ni castigan a nadie con la pauta oficial; cómo no se les ocurrió pinchar teléfonos, intervenir casillas de mails, perseguir a la prensa independiente?

La crisis del relato se manifiesta también en la difusión de cifras. A Merkel y a Sarkozy les expliqué la extraordinaria experiencia del Indec, que está siendo recogida en los libros de historia como un caso único en el que la voluntad de un gobierno es más fuerte que la realidad. El sueño de todo gobernante: la economía subordinada a la política. A los españoles, que tienen 5 millones de desocupados, les dije que empezaran a hablar de una reducción de esa cifra, incluso aunque los desempleados fueran cada vez más. Los gobiernos tenemos la obligación de ser optimistas. El Indec es, antes que nada, un himno de fe y esperanza.”

El Indec es un flanco débil del gobierno en cuyo sostenimiento ha dejado girones importantes de credibilidad. Pero el humorista parece ignorar que los técnicos del Banco Central Europeo han permitido con su complicidad, que las cifras macroeconómicas de Grecia o de Irlanda se manipularan a niveles que las del Indec terminan en comparación siendo cercanas a la realidad. Pero un cipayo tiene una estructura mental que lo lleva a sobrevalorar lo de “afuera” y despreciar lo de adentro. Porque entre otras cosas aprendió historia con el que la falsificó, precisamente el fundador del medio donde Roberts desparrama sus sarcasmos. Esa historia está contada de tal manera que hasta chupar un clavo parece más atrapante. Y efectivamente subordinar la economía a la política no es el sueño de todo político, sino la necesidad de los pueblos de cambiar el rumbo.

Impertérrito, el periodista mitrista insiste: “Les encantó la historia y me pidieron que les mandáramos a Moreno, pero tuve que explicar que Moreno no podía salir del país por el cierre de fronteras que él mismo había dispuesto.” Comprador de una historia falsificada que obstruye toda comprensión del presente, el “vecino” de San Isidro ignora que los países desarrollados se convirtieron en tales practicando un fuerte proteccionismo al punto de llegar al extremo en Inglaterra que el cura tenía que denunciar a los familiares del muerto si la mortaja no se confeccionaba con tela nacional.

Escribe Eduardo Galeano en “Patas Arriba. La Escuela del mundo al revés”(página 36): “Cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de comercio, y las telas norteamericanas, más caras y feas que las telas inglesas, se hicieron obligatorias, desde el pañal del bebé hasta la mortaja del muerto. Después, sin embargo, los Estados Unidos enarbolaron la libertad de comercio para obligar a muchos países latinoamericanos al consumo de sus mercancías, sus empréstitos y sus dictaduras militares…Rindiendo homenaje a la libertad de comercio, la industria británica ayudó a financiar el exterminio del Paraguay, que hasta 1870 había sido el único país latinoamericano independiente” Está claro que se convertían al libre cambio cuando sus productos carecían de toda competencia importante. En cambio su numen, Bartolomé Mitre, destruyó al Paraguay, con las banderas del libre cambio en beneficio de los comerciantes importadores y de Gran Bretaña.”

Sigue el intrépido Roberts: “Otro problema grave es el de los mercados, que con su mal humor permanente son los que están marcando los tiempos y la dirección de esta crisis. El drama allí es que respetan al mercado y se terminan sometiendo a él. Pobres, cuánta inocencia. Les conté lo que habíamos hecho acá para frenar la corrida del dólar (además de pedirles a los Kirchner que por unos días dejaran de comprar). “Muchachos -los apuré-, a ver si me entienden: la policía. ¡Saquen la policía a las calles! Si ustedes no tienen casi inseguridad, ¿qué hacen con los policías? Mándenlos a los bancos, a las casas de cambio, a las bolsas. ¿Y los gendarmes? ¡Aprieten con los gendarmes! ¿No tienen jueces amigos? Paren con ese verso de la seguridad jurídica. ¡Está en peligro el euro!” Ironiza Roberts y contra su intención acierta: los países han quedado prisioneros de los mercados y dentro de los mismos del sector financiero y bancario y el euro camina hacia su defunción, por lo menos en aquellos países de la eurozona de menor desarrollo económico. Roberts parece no recordar la experiencia de la convertibilidad. Es lógico: su medio siempre sostiene que “que hay que dar vuelta la hoja y no remover el pasado.”

Continúa el humorista “serio”: “Este consejo no fue del todo asimilado. Ya lo dijo la semana pasada Guy Sorman en un artículo publicado en el diario ABC, de Madrid: ““Los dirigentes europeos no están escribiendo la historia; la están sufriendo””. Sí, la están sufriendo. Les hablé de policías en los mercados y temblaron. Les hablé de manotear las cajas de jubilaciones y les agarró convulsión violenta. Les aconsejé pagar las deudas con reservas y se persignaron. Hablé pestes del FMI y se taparon los oídos. Otro tema que no supieron manejar es el de las consecuencias políticas de la crisis. En Grecia cayó Papandreu; en Italia, Berlusconi, y en España, Zapatero. Les dije que eso hubiese sido muy fácil de resolver: los ajustes siempre tienen que hacerse después de las elecciones. Nunca antes. Como lo hizo Cristina.”

Los reemplazantes de Papandreu y Berlusconi son funcionarios de las finanzas, igual que algunos colaboradores de Rajoy, es decir que como Cavallo acá, se llama al piromaníaco para que apague el incendio.

Su medio reiteró hasta el cansancio el tema de los subsidios. Ahora cuando se intenta disminuirlos en forma selectiva- si los hechos coinciden con los anuncios- como la gata Flora gritaba cuando le ponían (otorgaban) los subsidios y ahora llora cuando se los sacan. La expresión “manotear” las cajas de las jubilaciones es una obscena instrumentación ideológica del lenguaje que se hace en representación de los intereses bancarios afectados de las AFJP.

Insiste Roberts: “Les confieso que he vuelto de Europa desilusionado. Sus dirigentes no están a la altura de las circunstancias. Y, lo peor, se niegan a seguir nuestros consejos. Eso le dije a la señora cuando me recibió esta semana. Incluso le di una idea: “A mí no me hicieron caso: debería ir usted. En Italia la aman y están recontra agradecidos, porque después de que se reunió con Berlusca en Roma, él se empezó a caer a pedazos. Ahora quieren que usted se vuelva a ver con Sarkozy, con la Merkel. ¡Capaz que los borra a todos, señora! Le reitero, creo que debería ir”. Se quedó pensativa. Ya sabemos: no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Me contestó. “No voy a ir. No quiero quedar asociada a un continente decadente. Esa gente no merece mi tiempo. Prefiero ir a Venezuela. O a Bolivia. Países con futuro. O quedarme acá. Quiero estar cuando les saquemos Papel Prensa a La Nación y a Clarín y oír cómo chillan. Quiero estar en este festival de leyes que se aprueban en horas y sólo porque yo lo ordeno.”

Como la concepción mitrista fue de amputación territorial y saboteó los intentos de los libertadores de la Gran Nación Latinoamericana, Roberts prefiere las relaciones carnales con EE.UU o la subordinación a Inglaterra y denuesta los intentos de los gobiernos populares de esta parte del continente de hacer realidad los sueños del siglo XIX. Con relación a las leyes “que aprueban en horas” lo hacen en función del 54% de los votos obtenidos.

Lo mismo que hacen los legisladores de Rajoy en España que triunfó por un porcentaje y una diferencia menor a la de Cristina Fernández y nadie sostiene que el Parlamento español es una escribanía. Roberts se olvidaría de estos epítetos y lugares comunes si el presidente fuera Mauricio Macri y en la legislatura tuviera mayoría. Ahí los argumentos republicanos quedarían archivados. Y cuando escribe: “… no le gusta que le digan lo que tiene que hacer”, es un mérito que un cipayo jamás apreciará, acostumbrado siempre a obedecer a los poderosos.

Con relación a Papel Prensa, el periodista independiente actúa como lo que es: un empleado dependiente. Ahí para Roberts y sus empleadores, el monopolio de la fabricación del papel no afecta la libre competencia y la libertad de expresión.

EL HUMORISTA DE “LA NACION”

Concluye Roberts, atribuyéndole a la Presidenta: “Quiero ver arrodillado a Moyano. Quiero ver cómo se doblan los jueces. Quiero asistir al funeral de la oposición. Quiero seguir escuchando cómo me aplauden los empresarios. Quiero ver a Moreno descontrolado poniendo a parir a todos. Quiero…-Señora -me animé y la interrumpí-. Dígame: ¿quiere estar también para el ajuste? ¿Quiere estar acá cuando suban la luz, el gas, el agua, el transporte, los colegios, la salud?
¿Cuando caiga el consumo, cuando haya despidos, cuando la gente crea que se está pudriendo todo y se vuelque otra vez al dólar?

-Epa -contestó-, no lo había pensado. Me convenciste: viajaré. Creo que en Europa me pueden estar necesitando. Y de paso compro unas carteras.”

La palabra ajuste es la más preciada de los neoliberales y de los gurúes de la city. Roberts tiene un orgasmo cada vez que la pronuncia. Mitre salta de alegría en su tumba. Claudio Escribano, el del ultimátum a Néstor Kirchner a través de un pliego de condiciones exigidas en mayo del 2003, bajo amenaza de no durar un año, espera que su advertencia se concrete una década después.

Y para acariciar demagógicamente el corazón de los dinosaurios que escriben la mayoría de las cartas a La Nación, a sus amigos de San Isidro, remata con un gastado lugar común poniendo en boca de Cristina Fernández: “Y de paso compro unas carteras”.

Hugo Presman
Fuente: www.presmanhugo.blogspot.com

EL MENSAJE DEL CÍCLOPE

En “El Cíclope” de Eurípides, Sileno describe a los gigantes devoradores de hombres como “hijos del dios marino que no tienen más que un ojo, y presos de uno de éstos somos sus esclavos domésticos”. E informa a Ulises: “Al que servimos le llaman Polifemo”.

Al precio de tu cabeza

Polifemo –como su nombre indica, “el de muchas palabras”– seducía con su limitado punto de vista acerca de la realidad a quienes serían su alimento.

Resulta tan significativo que llamara “Nadie” a Ulises, quien lo vencería cegando su único ojo, como el ninguneo inicial que los ciclópeos medios audiovisuales dedicaron a quienes amenazaban sus monólogos para captura de conciencias.

El encantamiento se debilitó con el desprestigio del anónimo como fuente de información, al ritmo de los ejercicios de deconstrucción de noticias y con las discusiones populares acerca del rol de los medios.

La tarea conjunta de profesionales de la comunicación y artistas supo difundir desde las herramientas ilegales de ciertas operaciones de prensa el uso de disparadores inconscientes que, con total impunidad, utilizan algunos laboratorios de marketing.

El trabajo colectivo produjo uno de los descubrimientos más significativos de los últimos tiempos: si los medios son monopólicos, parafraseando a Mac Luhan, el Cíclope es el mensaje.

Muchos nombres, muchas palabras

Poco a poco, más ideas salieron del claustro, ganaron la calle y enriquecieron el debate. Así quedó en evidencia que tanto la imagen de la tortuga asociada al ex presidente Arturo Illia como las carteras de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner formaron parte de maniobras destituyentes.

Cuando el reconocimiento popular alcanzó la civilizada piel de símbolos y signos lingüísticos (“seguridad”, “el campo”, “patria”), muchos ciudadanos entendieron algunas manipulaciones; otros comprendieron la jerarquización mediática de estupideces y el menoscabo de datos reveladores. Unos pocos profundizaron en sus atávicos registros y cargas emocionales y alcanzaron a detectar las sutiles señales de peligro o placer, capaces de otorgar valor a personajes oscuros.

Importa destacar que se inhabilitaron numerosas respuestas automáticas y, con el estímulo, reapareció un instrumento clave: el pensamiento crítico.

El develamiento no sólo consolida la democracia, también despliega creatividad.

Educación vs. Adoctrinamiento

A diferencia de los adoctrinamientos, la educación desconfía de verdades reveladas, pero sus efectos son más profundos y a largo plazo. Apenas en los inicios de la diversidad mediática, ya es posible apreciar las significativas diferencias entre el relato único, en distintas voces bajo formatos varios, y la auténtica y republicana multiplicación de relatos con opiniones divergentes.

Puesto que las miradas de la ciudadanía recién despiertan y en importantes sectores continúan adormecidas, los próximos tiempos requieren de un delicado ajuste entre la ingeniería de reversa de las pequeñas piezas que se registran a profundos niveles de conciencia y la construcción de nuevos espacios.

La valoración de la existencia de numerosas fuentes informativas propone asumir la responsabilidad de sostener los principios personales y el respeto mutuo.

El análisis serio de las consignas ajustará las mejores intenciones propias y ajenas.

Alfabetización mediática

La educación argentina ha incrementado el número de sus destinatarios y existen numerosos contenidos disponibles en la Radio y Televisión Argentina (RTA), en el Incaa, el Bacua y en programas como “Escuela y Medios” del Ministerio de Educación de la Nación.

Disponemos de una preciosa pedagogía de las respuestas. En palabras de Paulo Freire, aún nos debemos una pedagogía de las preguntas.

Para construirla necesitamos ciudadanos entrenados en el discurso, pero también en la escucha; sin duda, una rara capacitación, dentro y fuera del ámbito de la comunidad escolar.

Para que “Nadie”, “Nunca más” acepte una única mirada, enfrentamos viejos y nuevos desafíos.

Entre los primeros cabe continuar desalentando las omnímodas pretensiones de los cíclopes y profundizar todas las posibilidades y ámbitos de aprendizaje, incluso formal, que conduzcan hacia horizontes cada vez más incluyentes.

También es necesario iniciar debates acerca de las relaciones entre popularidad y calidad de los contenidos y sobre las direcciones adecuadas para establecer lazos solidarios entre la industria cultural y la industria tecnológica nacional.

La libertad, individual y colectiva, siempre ha requerido de convicción democrática, mucho trabajo y buenas dosis de esperanza.

Marta Riskin
Antropóloga UNR.
La ventana – Página 12

CRÓNICA Y CIUDAD

La crónica, en general y en un sentido amplio, es uno de los lenguajes específicos de la ciudad. Uno de los lenguajes a través de los que la ciudad habla de sí misma, habla consigo misma, produce memoria, formula proyectos, resuelve conflictos, alimenta sus propios mitos y sus propias leyendas. En esta serie de cosas es plausible pensar que la crónica –la “espuma” de la vida cotidiana seleccionada por los medios de comunicación masivos– es, como lo son los sueños, un material relevante para analizar el inconsciente de una ciudad. En este sentido, los hechos de crónica pueden ser vistos como síntomas. Síntomas y espías de algo que no es inmediatamente visible porque no se pone en escena.

Detrás del banal evento de crónica, quizás es posible entrever una ciudad que piensa y que delega a un subsector especializado –el de los pensadores-comunicadores– la función de interceptar y entender cuáles son, entre los miles de acontecimientos de una ciudad, los eventos que vale la pena enfatizar y contar. De este modo, los operadores de los massmedia se hacen eco, como una especie de médium, del imaginario colectivo. Mediums que están sintonizados con lo que está fermentando en la mente, en el alma, en la historia presente de su ciudad. Arlt, en su tiempo, fue uno de los más sensibles y de los más expertos en leer lo que estaba en el fondo del ánimo de su colectividad.

El cronista más sensible adquiere así una función cuasi terapéutica –y de alguna manera, catártica– hacia su colectividad. Si elige curiosear en hechos de crónica privados y aparentemente marginales, poniéndolos en primer plano y atrayendo sobre ellos la atención de la opinión pública, es porque, como un psicólogo, el cronista sabe que en esos hechos aparentemente despreciables, casi omisibles, hay más verdad que en el relato racional, documentado, de otras –quizá más espectaculares y más evidentes– historias de vida. Selecciona un evento entre miles porque intuye –“sabe”, quizá– que ese evento puede ser enriquecido de sentido, contado como un mito compartido que agrega y condensa las mentes de los ciudadanos.

La crónica es un gran simulacro-espejo de la vida cotidiana. Un espejo deformado y sin embargo convincente (debe ser convincente) que trata los mitos y la dimensión simbólica de una sociedad urbana a través de una selección arbitraria de los acontecimientos que ésta produce. Después de todo, precisamente porque la mediación selectiva de los media –que transforma un cuerpo infinito de episodios ilegales, lúdicos, privados, ocasionales, a menudo íntimos, en un grupo de eventos “públicos”– está hecha a la “escucha” de un sistema hipotetizado de expectativas del público, del público de una ciudad específica, la “espuma” de la crónica cotidiana local puede adquirir un ulterior valor indiciario. Puede, quizá, ser entendida como un conjunto de síntomas útiles para descifrar el imaginario colectivo de una comunidad urbana. O hasta como su inconsciente.

El trabajo de la crónica local, dicho de otra manera sin decir lo mismo, puede ayudarnos a captar no sólo algunos “acontecimientos del mundo de la vida”, sino también ese conjunto de expectativas, pesadillas, proyecciones simbólicas que una comunidad urbana cultiva y que invisiblemente gobierna y que un buen sistema comunicador (los medios, como solemos decir) sabe aprehender, descifrar, hacer emerger a través de la selección de esos indicios que la ciudad produce de continuo.

Y si la crónica puede postularse como una suerte de inconsciente de una comunidad urbana, de este primer postulado sigue un corolario: que el comunicador puede ser entrevisto como una especie de psicólogo. En el caso de Arlt, una especie de psicólogo callejero: en las Aguafuertes. Viñas, en los ’90, en lo que fue Menemato y otros suburbios. Más acá, diría: Horacio González. Sarlo, también.

Rocco Carbone
Ensayista. Profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
La ventana – Página 12

¿QUIÉNES SON LOS NUEVOS MAESTROS DEL CINE?

Hace un par de semanas, adn publicó una entrevista con Andrzej Wajda. Al margen de sus comentarios sobre las películas que dirigió, llamaba la atención un dato cronológico: ya tiene 85 años. Muchos de los grandes maestros de los años 50, 60 y 70 ya están muertos o fuera de actividad: Vittorio De Sica, Ingmar Bergman, Federico Fellini, Andrei Tarkovsky, Frantisek Vlácil,Ettore Scola. Incluso están pasando o a punto de pasar del cénit directores de generaciones posteriores, desde TakeshiKitano y Pedro Almodóvar hasta Werner Herzog, Nikita Mijalkov, AlexandrSokurov y Abbas Kiarostami. ¿Quiénes son, entre los que vienen detrás, los que tienen mejores probabilidades de reemplazarlos?

En las páginas que siguen, críticos y estudiosos del cine hacen sus predicciones. La consigna fue que mencionaran cinco nombres (o menos, si no estaban seguros de llegar a cinco) de realizadores menores de 40 años y explicaran por qué, a la luz de lo hecho en su juventud, es lógico esperar de ellos una producción todavía más importante.

Es una tarea atractiva para cualquier amante del cine, pero también difícil. A veces, después de una ópera prima formidable, el candidato se queda en el camino. Otras veces la contemporaneidad y el peso de las modas culturales del momento hacen que el juicio de los observadores se desvíe. Por otra parte, en una industria tan condicionada como la del cine no siempre se puede dar el golpe y hacerse conocer antes de haber entrado plenamente en la edad adulta. Dentro de veinte o treinta años los que relean esta nota verán quién acertó y quién no, si es que todavía existe lo que conocemos como cine de autor en ese futuro bastante remoto.

No hay que asustarse por ningún falso vaticinio: ocurrieron en todas las épocas. En 1954, cuando se estrenó La strada, de Fellini, el prestigioso crítico Guido Aristarco escribió en la revista Cinema Nuovo:

Parece que el fenómeno Fellini se relaciona más con las costumbres, la psicología y la sociología que con el arte cinematográfico. Tiene un modo de concebir y comprender el arte, de asumir ante éste y ante la vida una actitud parecida a la de nuestra literatura anterior a la guerra. En este sentido, Fellini aparece como un director anacrónico, preocupado por problemas y dimensiones humanas que ya han sido superados.

La reseña, muy erudita, terminaba así: “Es lamentable ver resultados tan poco felices en un director que se cuenta entre los mejor dotados, así como tantas veleidades y quizá tanta presunción inconsciente”. Desde entonces, La strada hizo una carrera interesante y suele ser mencionada entre los mejores films de todos los tiempos a pesar de la oposición de Aristarco.

El cine es un arte masivo y, cosa interesante, transforma a todo espectador en un especialista dispuesto a defender como tema de honor sus propias opiniones. La vitalidad y también la permanencia de este arte parecen depender de la capacidad que tiene para encender polémicas, que muchas veces cruzan a críticos y público. Es famoso el “descubrimiento” que hicieron los intelectuales de Cahiers du Cinéma del entonces muy popular cómico Jerry Lewis. En 1966, cuando se estrenó en París Las joyas de la familia , la revista le dedicó un dossier especial. Entre otros, escribía André Téchiné. El director de Mi estación preferida trabajaba entonces de crítico. Le puso cuatro estrellas a la película, y sostuvo: “En el mundo de Lewis, como en el de Jean Cocteau, uno puede confundir a un genio bueno con un bufón saltarín y sin alma y a un personaje íntimo y retraído, como en el fondo es Jerry,con apenas un acróbata, aunque muy fuera de lo común”. Ese año, Las joyas de la familia apareció entre los diez mejores films en las listas de los siguientes críticos: Robert Benayoun, Jean-Pierre Biesse, Jean Collet, Jean-Louis Comolli, Michel Cournot, Michel Delahaye, Jean Douchet, Jean-André Fieschi, Folon, André S. Labarthe, Claude Ollier, Claude-Jean Philippe, André Téchiné, Henri Chapier, Serge Daney, Claude de Givray, Sylvain Godet, François Mars y Jean-Louis Naomes. Para mal o para bien, esa aureola que rodeaba a Jerry en los años 60 se deterioró con el tiempo.

Bergman tampoco fue plenamente aceptado en sus primeros tiempos. La crítica de El séptimo sello (1957) que hizo Henri Agel decía:

Éste es un film que se presta a ser interpretado con un gran margen de inexactitud y error. Es preciso, en todo momento, ser juicioso y no encontrarle más significado que el que realmente encierra. Su formalismo refinado, así como la multiplicidad de sugerencias que despierta, pueden hacer confuso un juicio crítico, pero un análisis profundo y desapasionado conducirá a separar lo que es intencional de lo que no lo es, lo metafísico de lo artístico y, en fin, lo real de lo puramente onírico. Por lo demás, el film no da respuesta a la pregunta que en él se hace su autor.

No todos los que analizaban el cine joven de otros tiempos se equivocaban. Para volver a Cahiers(y tal vez, para reivindicarla), veamos lo que escribía allí en 1965 el poeta y cinéfilo Louis Aragon sobre Pierrot el loco , del revolucionario Jean-Luc Godard:

Es una película en colores distinta de todas las demás películas en colores, porque el uso de los medios en Godard tiene siempre un fin y porque tales medios implican casi constantemente su propia autorrevisión. Godard no se detiene en el mundo tal cual es. Por ejemplo, la pantalla se vuelve de pronto monocromática, toda roja o azul, como en el sofisticado cóctel del principio, secuencia que con toda probabilidad provocó la irritación inicial de ciertos críticos. En la secuencia del cóctel, el abandono del policromatismo, sin volver al blanco y negro, implica una reflexión del autor tanto acerca de ese mundo, en el que introduce a Jean-Paul Belmondo, como acerca de los medios técnicos de expresión de que dispone.

Otro acierto famoso fue el del crítico italiano Umberto Barbaro con el polaco Wajda. Ésta fue su reseña de Kanal , primer título resonante de Wajda, en 1956:

Es la obra de un principiante y muy valiente director. Comparada con la mayoría de las películas de guerra que se han visto hasta hoy, presenta algo profundamente diferente y produce un efecto distinto en el espectador. En la confrontación entre esta película polaca con otras de similar esquema narrativo e idéntico argumento, se destaca como una lección profunda y sutil.

Todo termina siendo lo que tiene que ser, pero los críticos llaman la atención de sus lectores sobre ciertas especies nuevas que van surgiendo entre la maleza en ese bosque denso que es el cine. Hay que tomar sus elecciones como señales grabadas con pincel sobre los árboles. Pero no existe dirección obligatoria: puede haber muchos senderos alternativos, miles de nombres y de listas. Tampoco hay una meta definida, porque ¿quién quiere llegar al final del camino, quién desea salir alguna vez del bosque?

PEQUEÑAS JOYAS
Por Fernando López

La propuesta era clara: había que elegir a cinco cineastas jóvenes “de los que puedan esperarse muchas películas importantes para el futuro”. Fácil, pensó uno, mientras las imágenes de tres o cuatro películas de visión reciente se le atropellaban en la memoria para ganarse un lugar. Sería cuestión de confirmar si además del probado talento, los directores del caso tenían la edad pertinente como para entrar en la selección. ¿Cuarenta máximo, sí? ¡Listo!, se ilusionó uno, calculando que Radu Muntean, que los cumplió este año, seguía en carrera, y aunque hubiera que descartar a Paul Thomas Anderson (Magnolia, Embriagado de amor) y a Christopher Nolan (Memento; Batman, el caballero de la noche), reglamentariamente convertidos en veteranos a los 41. Pero otra vez se apresuraba. Con un padrón tan impreciso como el que provee la propia memoria, ¿cómo asegurarse de que ningún cineasta aceptable por merecimientos y por edad quedara inhabilitado? En fin, mejor pasar por alto ese riesgo y distraerse por una vez de la declarada fobia a todo tipo de listas. Aun así, ¿cómo resolver el compromiso si uno sabe que el don del vaticinio no le ha sido concedido? Y que para colmo su sensibilidad lo inclina más hacia las obras pequeñas, austeras y en voz baja que al estrépito de las declaradamente ambiciosas, que suelen tener más prensa y mayor alcance popular. No parece haber otro remedio que revisar los antecedentes de los cineastas en edad de merecer (la selección) y votar por los que han dejado en uno la impresión más honda. Son éstos:

Radu Muntean. Aquel martes después de Navidad, el último de los cuatro films que rodó y el único estrenado entre nosotros, basta para apostar por este cineasta rumano que allí aborda un clásico triángulo amoroso y cuya cámara precisa, penetrante, alerta al detalle pero jamás indiscreta indaga la intimidad de los personajes hasta hacer visible la convulsión y el descontento que los agita bajo la confortable y silenciosa rutina de sus departamentos de clase media. Ciertas reminiscencias de Bergman en el estrecho vínculo que el director establece con sus actores y en los infinitos matices que extrae de ellos autorizan a esperar de Muntean nuevos (e igualmente inteligentes) exámenes de las relaciones humanas.

Corneliu Porumboiu. También rumano y también, como otros cineastas de ese origen, experto en el arte de examinar la realidad a partir de historias aparentemente sencillas. El humor incisivo, la ironía y hasta el absurdo son sus armas; su objetivo: revisar una sociedad en la que todavía perduran las huellas de la dictadura. En su ópera prima -Bucarest 12.08- la sátira resultó corrosiva y no carente de lirismo. En su segundo film -Policía, adjetivo- echó una mirada sutil y ácidamente irónica sobre conductas, hábitos, pensamientos, formas de comunicación y aun instituciones en cuya burocrática parálisis se perciben las marcas del pasado.

Tizza Covi y Rainer Frimmel. Una pequeña joya desbordante de calor humano como La Pivellina -feliz intervención de la ficción sobre bases documentales- abre el crédito a esta sociedad artística entre la italiana Covi y el austríaco Frimmel, nacida de la común pasión por la fotografía. El experimento parece irrepetible pero bien pueden aguardarse nuevas invenciones de gente con tamaña sensibilidad.

Miguel Gomes. Portugués, 39 años. Hizo Aquel querido mes de agosto, un film inclasificable, documento y ficción, libre, vital, lleno de música, luminoso, poético, fascinante, ¿cómo no votar por él?

JÓVENES, VIEJOS Y SIN EDAD
Por Javier Porta Fouz

Me preguntan por “cinco directores” y enseguida pienso en forma desordenada, por supuesto excesiva y a la vez incompleta en Moretti, Buñuel, Bielinsky, Hitchcock, Lang, Ford, Walsh, Hawks, Truffaut, Cameron, Keaton, Kiarostami, Mann, Eastwood, Melville. Me detengo. No, “cinco directores vivos”. Ah, Moretti, Cameron, Eastwood, Mann, Kiarostami. Pero no, hombre, vivos y menores de 40 años. Bueno, Nanni Moretti afuera. Lástima, es un director fundamental y político, que defiende las palabras porque “son importantes”. A ver, directores que trabajen políticamente sobre las palabras y que sean menores de 40 años? hay uno, rumano: Corneliu Porumboiu, nacido en 1975. Su ópera prima, Bucarest 12.08 , se centra en un debate televisivo. En la magistral secuencia final de Policía, adjetivo , su segunda película, se discute sobre el significado de una palabra, con diccionario y todo. Y da risa y da miedo, como las novelas de Kundera ambientadas en la Checoslovaquia comunista. Porumboiu maneja, por supuesto, el humor: maneja inteligencia. Es un pesimista lúcido, es decir, alguien que nos hace mirar el futuro del cine con optimismo.

También quedan afuera de esta lista, por cuestiones de edad, Michael Mann y Clint Eastwood. Pero alguien de 39 años buscó y consiguió el tono Eastwood en su primera película como director, y en la segunda citó a Fuego contra fuego de Mann. Las películas son Gone Baby Gone ( Desapareció una noche ) y The Town ( Atracción peligrosa ), y el director, nacido en 1972 en California, se llamaBen Affleck . En The Town , haciendo gala de un clasicismo muy bien entendido, hizo actuar a Jeremy Renner en la tradición de James Cagney.

Fabián Bielinsky, que debutó con más de 40 con Nueve reinas , fue uno de los pocos directores argentinos que entendió el clasicismo a la perfección, si hasta parecía que a su alrededor había una industria cinematográfica en funcionamiento. Gabriel Medina , de 36 años, hizo Los paranoicos en 2008 y por estos días está terminando su segunda película, La araña vampiro . Los paranoicos,injustamente ignorada en el momento de su estreno, demuestra la capacidad de Medina para entender la narración, con una cohesión a prueba de múltiples revisiones. Y con momentos memorables basados en una utilización creativa de la música y de las referencias a Bioy Casares.

Hasta ahora, esta selección de directores de los que se espera un gran futuro (Afflekc, Porumboiu, Medina) está hecha de epígonos o continuadores. Agreguemos dos ovnis del hemisferio sur, uno argentino, uno australiano. Son realizadores que reconocen tradiciones, que las tienen y las emplean, pero de forma múltiple, proteica. Son dos directores de los que se espera que no hagan aquello que se espera, son directores de películas-sorpresa. Uno es el muy talentoso y polémico argentino Mariano Llinás ( Balnearios , Historias extraordinarias ). El otro es el no menos talentoso y no sabemos cuán polémico australiano Adam Elliot , que por ahora hizo algunos cortos y el largoMary and Max , visto en el Bafici en 2010. Mary and Max es una película animada, y además está animada por un espíritu tan humanista como esperpéntico. Es una historia descarnada de amistad a la distancia, una singularísima construcción en arcilla del gran componente del cine: la emoción.

UN LUGAR EN EL CANON
Por Pablo De Vita

En un artículo publicado en la revista Criterio en 2002, el filósofo Santiago Kovadloff reflexionaba sobre dos nociones fundamentales: la coetaneidad y la contemporaneidad. Calificaba la primera de “fatalmente cronológica” y la otra como “una larga, lenta, ardua y apasionante tarea”, no exenta de resignificaciones, despliegues y repliegues, pero de difícil discernimiento, porque falta la perspectiva que otorgan los años.

Para un registro de notables pueden citarse a aquellos directores que desarrollan una obra reconocida y comparten, según el juicio de festivales y especialistas, su lugar dentro del canon cultural.

Allí podemos encontrar a Isaki Lacuesta , último ganador del Festival de Cine de San Sebastián con Los pasos dobles , y conocido entre nosotros desde sus primeras películas exhibidas en el Bafici, como las notables Cravan vs. Cravan y La leyenda del tiempo y la fallida Los condenados . Un director audaz que no escapa a las propuestas originales, como rodar el documental La noche que no acaba , sobre el periplo de Ava Gardner en España para una señal de cable, o estrenar El cuaderno del barro en una plataforma para ver cine en streaming por la Web. Su impacto en el cine español puede medirse en el premio a la trayectoria que le brindó el último Festival de Cine de Málaga. Tiene 36 años.

También hay que citar al napolitano Paolo Sorrentino que, con 40 años y cinco largometrajes, logró amplio reconocimiento con Il divo , la satírica y demoledora biografía sobre el controvertido dirigente democristiano Giulio Andreotti. Seleccionada para Cannes, su nueva película, This Must Be the Place , está protagonizada por Sean Penn.

Otros, gracias a la apuesta de distribuidores argentinos, han tenido estreno en nuestras pantallas. Es el caso de Fatih Akin, el alemán descendiente de turcos nacido en Hamburgo en 1973. Ha rodado En julio , Contra la pared , Cruzando el puente , Al otro lado y Cocina del alma , entre otras. Con guiones muy bien logrados, muchos de su autoría, entrecruza temáticas que son de gran importancia para su poética, como la libertad y la identidad, con la búsqueda de justicia, en sociedades globalizadas pero no necesariamente solidarias ante los fenómenos migratorios y las diferencias culturales. Akin consigue películas de sincero humanismo que, virtud poco frecuente en el joven cine, no niegan su espacio a la emoción.

Del antiguo bloque soviético, el cine rumano tiene gran vitalidad en manos de jóvenes directores: uno de ellos es Corneliu Porumboiu (1975), con Bucarest 12.08 y Policía, adjetivo , que se destaca por su mirada de la indefensión ante quienes vulneran la dignidad humana. Riguroso, para algunos es hermético y para otros, deslumbrante.

De la Argentina el niño mimado de la crítica y los festivales internacionales es Lisandro Alonso(1975), que con La libertad , Los muertos , Fantasma y Liverpool muestra un cine ascético y radical que genera fascinación o rechazo. Estos directores lograron una contemporaneidad, pero ¿qué sucede con aquellos que, tímidamente, se asoman en la cronología? De Italia, Pietro Marcello; de Alemania, Sophie Heldman; el español Albert Serra y el polaco Jan Komasa, así como nuestro referente local Santiago Mitre , con sus películas se aproximan a los dilemas contemporáneos. La diagonal del tiempo, con su sabio juego de distancias, permitirá reconocerlos como los protagonistas de una instancia nueva.

CUATRO ARGENTINOS
Por Gustavo Noriega

Las películas son un producto cultural caro. Un realizador debe enfrentarse inicialmente con un dilema: ponerse en la cola burocrática del Estado para recibir ayuda o intentar hacer su película de cualquier manera y después ver. Si toma el primer camino, corre el riesgo de no hacerla nunca, de demorar años o de que cuando la haga nadie la vea. En cambio, si toma el camino independiente, corre el riesgo de no hacerla nunca, de demorar años o de que cuando la haga nadie la vea. El dilema es engañoso: todos sufren las consecuencias de la inexistencia de una industria. Ese pesar es compartido por casi todas las naciones de la Tierra.

En un modelo en el que se privilegia la realización de la película por sobre los meandros burocráticos y sesgados del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiviosuales, Incaa, se destaca claramente la figura de Mariano Llinás . Autor de dos películas atípicas y exuberantes ( Balneariose Historias extraordinarias ), productor y líder intelectual, Llinás ha abogado por un cine libre de ataduras, en el que el voluntarismo no está reñido con las más altas exigencias artísticas. En su cine, libre de compromisos, la literatura se entrelaza desprejuiciadamente con el teatro, la narración clásica con los gestos más modernos, la artesanía con los parámetros industriales más exigentes. Su modelo es ambicioso y los resultados han sido sorprendentemente logrados en calidad, aunque no en cantidad. Más generoso produciendo, con su productora El Pampero, para otros jóvenes talentosos (en general, provenientes de la Universidad del Cine) que para desarrollar su propia obra, Llinás encuentra dificultades crecientes para completar su tercera película, tan desmesurada como su esfuerzo anterior. La encrucijada en la que se encuentra su trabajo actualmente es un pequeño drama de la historia de nuestro cine a la cual no se le presta la debida atención.

Entre los jóvenes a los que Llinás marcó el camino se encuentra Santiago Mitre . Con su ópera prima, El estudiante , que no pudo ganar un concurso del Incaa, se convirtió en la revelación de 2011. Mitre había hecho para El Pampero, en colaboración con otros tres colegas, una comedia juvenil, El amor (primera parte) y había participado en la escritura de guiones para las películas de Pablo Trapero Leonera y Carancho . El estudiante , una película atractiva incluso para un público no especializado en las vanguardias ni en los recovecos de la política universitaria, se convirtió en unleading case : ¿qué tan confiable es el criterio de las comisiones calificadoras del Incaa? ¿Cómo será la próxima película de Santiago Mitre y qué apoyo conseguirá del Estado?

En el otro extremo del espectro, entre los que esforzadamente lograron un lugar en la oficina de los subsidios, están Mariano Cohn y Gastón Duprat . Con una obra creciente, sumando capas de complejidad película a película, el dúo proveniente del video arte ha logrado un éxito de público y consideración crítica ( El hombre de al lado ) y la promesa de que cada película representa un salto hacia algún lugar desconocido. A veces la apuesta no sale de la mejor manera (su última película,Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo , no capturó la atención del público), pero su cine sigue teniendo la frescura de lo imprevisible. Sin ninguna inserción en los relatos convencionales sobre el cine argentino, Cohn-Duprat tienen para ofrecer nuevas virtudes y defectos distintos a los habituales. Su aporte es tan valioso como el de los que surcan el camino independiente.

LAS REGLAS DEL JUEGO
Por Diego Batlle

En todo juego cinéfilo como éste se cometen arbitrariedades e injusticias. A la hora de elegir cinco directores que ronden los 40 años y marquen tendencia sería justo incluir al inglés Christopher Nolan, a los estadounidenses Wes Anderson y PaulThomas Anderson, a la japonesa Naomi Kawase o, por qué no, a algún argentino como Pablo Trapero o Lucrecia Martel, entre varios otros, pero así quedó la selección.

Ulrich Köhler (Alemania, 1969). Apenas tres largometrajes – Bungalow (2002), Windows on Monday (2006) y Sleeping Sickness (2011), todos vistos en el Bafici- le bastaron a este exponente del notable movimiento conocido como Escuela de Berlín para convertirse en uno de los realizadores europeos más sensibles y provocativos. En su trabajo más reciente, que le valió el premio a mejor director en la última Berlinale y que se estrenará comercialmente en la Argentina, viaja a África y no sólo evita los lugares comunes del paternalismo y la corrección política, sino que construye una historia hipnótica e imprevisible, basada en elementos autobiográficos.

Jeff Nichols (Estados Unidos, 1978). Su violenta y promisoria ópera prima, Shotgun Stories(2007), tuvo un paso fugaz por la cartelera local con la historia de dos hermanastros enfrentados tras la muerte del padre, pero su consagración llegó con Take Shelter (2011), una mirada paranoica y apocalíptica en la que vuelve a lucirse su actor fetiche,Michael Shannon. Premiado en Cannes y Gijón, este durísimo film podría “colarse” en alguna nominación al Oscar. Sería justicia para este director que sigue la tradición de John Ford, Terrence Malick y Steven Spielberg.

Corneliu Porumboiu (Rumania, 1975). Con su primer largometraje, Bucarest 12.08 , tragicomedia sobre un patético programa de televisión pueblerino en el que se discute cómo fue la caída del dictador Ceausescu, ganó en 2006 la Cámara de Oro en Cannes. Su segunda película, Policía, adjetivo , un crudo retrato sobre las contradicciones de una sociedad todavía represiva, lo consagró como uno de los principales referentes de la notable camada del nuevo cine rumano. No es poco.

El tailandés Apichatpong Weerasethakul (1970). Si bien ha realizado gran cantidad de cortos, videoclips, instalaciones en museos de arte moderno y largometrajes desde principios de los años 90, fue en la última década cuando este experimental realizador tailandés se convirtió en favorito de la cinefilia más vanguardista, con films como Blissfully Yours (2002), Tropical Malady (2004),Syndromes and a Century (2006) y El hombre que podía recordar sus vidas pasadas ( TíoBoonme), por la que se quedó con la Palma de Oro en Cannes 2010. La tradición y las costumbres de un país lejano tienen alcance universal con películas en las que conviven la sensualidad, la naturaleza y lo fantástico.

Bong Joon-ho (Corea del Sur, 1969). Este talentoso y multifacético realizador es una muestra perfecta de la diversidad y solvencia de la producción coreana, que mixtura sin traumas la audacia narrativa con una llegada comercial masiva. Incursionó en la comedia negra en Perro que ladra no muerde (2000), en el policial con la brutal y muy política Memorias de un asesino (2003), en el cine catástrofe con monstruos y efectos visuales en la genial The Host (2006) y en el melodrama conMadeo (2009), sobre la desesperada búsqueda de una madre para encontrar al asesino de una niña y demostrar que su hijo es inocente del crimen.

En la redacción de adn, hicimos una lista con quince cineastas jóvenes fundamentales. Como es norma en este tipo de juegos, hay que disimular ausencias y omisiones. Los nombres son éstos:

Fatih Akin (1970, Alemania-Turquía).
Apitchatpong Weerasethakul (1970, Tailandia).
Amat Escalante (1979, España-México).
Rodrigo Cortés (1973, España)
Paul Thomas Anderson (1970, Estados Unidos).
Christopher Nolan (1970, Inglaterra).
Mia Hansen-Love (1981, Francia).
Bahman Ghobadi (1969, Irán).
Radu Muntean (1971, Rumania).
Paolo Sorrentino (1970, Italia).
Naomi Kawase (1969, Japón).
Samira Makhmalbaf (1980, Irán).
Corneliu Porumboiu (1975, Rumania).
Santiago Mitre (1980, Argentina).
Ana Katz (1975, Argentina)

Fuente: ADN Cultura
Más información: lanacion.com.ar

INFANCIA Y VIOLENCIA: 10 CLAVES PARA INFORMAR (2ª PARTE)

Niños y niñas tienen derecho a ser oídos, a expresar libremente su opinión y a que ésta sea tenida en cuenta con la importancia que merece y de acuerdo con su edad y grado de madurez. En las noticias, esto implica no presentar sus testimonios como datos de color o decorado, no incluirlos en un espacio simbólico y desde luego no manipular sus opiniones.

Para que la participación de niñas y niños sea auténtica, en los medios de comunicación y en otros ámbitos, es necesa- rio reconocerlos como ciudadanos activos, aprender a escucharlos y respetarlos como personas plenas hoy, y no únicamente como promesas a futuro.

Pero también existen situaciones en la que no es conveniente exponer a los chicos protagonistas de una noticia, y otras en las que está directamente prohibido identificarlos por ley, con consecuencias jurídicas concretas para quien no la cumpla.

Mauri Köning, periodista brasileño reconocido como Amigo de la niñez y adolescencia por la Agencia de Noticias por los Derechos de la Infancia (ANDI), de Brasil, afirma al respecto que “hay que tratar de no conversar con los niños, niñas y adolescentes que están en proceso de recuperación, tratando de olvidar aquellos traumas. Los periodistas no tenemos derecho de poner a un niño o adolescente contra la pared para obtener una linda historia.

En cada pregunta que le hacemos le estamos obligando a recordar (). No tenemos ese derecho, no necesitamos escucharles si podemos tener esa misma historia contada por otra fuente”, expresó.

ESTRATEGIAS PARA ENTREVISTAR A CHICOS Y ADOLESCENTES

Los periodistas y las periodistas deben tener en cuenta las siguientes recomendaciones generales al entrevistar a los niños, niñas y adolescentes.

Tener el consentimiento del niño o de la niña y de un adulto responsable (madre, padre o tutor) antes de entrevistarlo, especialmente en casos en los que los chicos y chicas están vinculados a delitos, adicciones, o cuestiones judiciales.

Hablar primero con un adulto responsable del niño que pueda estar presente durante la entrevista, si el niño o niña así lo desea.
Explicar claramente al niño en qué consistirá su participación y cómo será utilizada su imagen o sus declaraciones. El niño o la niña deben tener claridad en este sentido.

Los niños de mayor edad pueden hablar por sí mismos, pero incluso con los adolescentes los periodistas deben asegurarse de que entiendan correctamente cómo y para qué va a utilizarse el material.
El nombre o imagen del niño, niña o adolescente puede publicarse cuando éstos no sean víctimas, no se los ponga en peligro y se cuente con la autorización de ellos y de sus padres. Para mayor garantía del medio es aconsejable obtener la autorización por escrito.
No entrevistarlos ante situaciones que puedan afectar su bienestar y desarrollo, como en los casos en que fueron víctimas de abuso o maltrato.

Respetar la opinión de ellos, sin ridiculizarla o infantilizarla.
Considerarlos e incluirlos como fuentes de información en los diversos temas que hacen a su realidad y que les afectan, y no sólo en situaciones que pueden despertar el morbo o sensacionalismo.
Evitar cerrar las notas con conclusiones que pretendan poner en un lenguaje adulto los aportes de niños y niñas, desvirtuándolos de esta manera.

Las preguntas deben ser dirigidas a los mismos niños y niñas, no al adulto. El adulto, por su parte, puede observar, pero no intervenir. Debemos asegurarnos de tener la visión del niño y no del adulto.
Las preguntas tienen que ser claras y directas y no deben guiar al niño o niña. Es recomendable hacer preguntas abiertas que permitan al niño explayarse, en lugar de preguntas cerradas que los obliguen a responder de una forma particular.
Es mejor hacer preguntas precisas sobre los hechos antes que indagar sobre las sensaciones experimentadas por el niño. Si él se siente cómodo, voluntariamente revelará sus sentimientos.
Si el niño, niña o adolescente no entiende las preguntas, hay que repetirlas con otros términos que sean de más fácil comprensión para ellos y ellas. Es importante al igual que con los adultos corroborar que se comprendió la pregunta.
Hay que ser particularmente paciente a la hora de entrevistar a los niños y niñas, respetar sus tiempos, darles confianza. También es importante limitar la duración de la entrevista de acuerdo al desarrollo del niño, niña o adolescente.
Material realizada por la agencia Global Infancia, de Paraguay, miembro de la Red Andi Latinoamérica, junto a Periodismo Social.

7- LA VARIEDAD DE FUENTES, FUNDAMENTAL PARA ENTENDER

Según las investigaciones realizadas por Periodismo Social, la mayoría de las notas vinculadas con temas de Violencia e Infancia cuenta con un alto número de fuentes que no son identificadas.

Por otro lado, lejos de ofrecer un abanico de fuentes que contraste o amplíe los datos, esas noticias, en general, son contadas a partir del punto de vista de una sola persona o institución (policial, por ejemplo).

Teniendo en cuenta los antecedentes en la cobertura de temas vinculados al delito, donde las fuerzas policiales dieron versiones erróneas o distorsionadas sobre el hecho investigado, lo ideal es intentar diversificar las fuentes de información y priorizar las fuentes judiciales o las del entorno familiar o social del las víctimas de delitos.

“Es importante hablar con expertos cuando se trata de abusos o agresiones porque son temas graves: hay que analizar qué significa para los niños, cómo impactan esos hechos en su vida y en la de sus familias”, opina Nino.

Coincide con él Fabiana Tuñez, cuando expresa que “hay muchas organizaciones que trabajan con temas de infancia, incluso gubernamentales, que se ocupan de asesoría tutelar, por ejemplo, y nunca son consultadas. Es grave —señala- que se cite supuestamente a los profesionales indicados que luego se nota que no lo son tanto. Así aparecen análisis que distorsionan la realidad: sumado a los títulos y las imágenes, algunos medios “patologizan” todo. En los crímenes de Tomás y Gastón, por ejemplo, cruzaron los dos casos y los orígenes eran muy diferentes”.

“Cuando revisamos el abordaje y las normas de protección sobre los derechos de la niñez en casos como el de Candela, Gastón y Tomás, encontramos que se han transgredido elementos básicos de protección de los derechos de la niñez sin tener en cuenta detalles, elementos y normas de protección para el abordaje de estas situaciones”, coincide Chiroque Solano.

8- HABLAR DE LEGISLACIÓN Y NO COMPLICAR A LA JUSTICIA

Según los expertos judiciales, los periodistas debemos tener cuidado en no adelantar los pasos judiciales de manera que se pudiera poner sobre aviso a los delincuentes que intervienen en el hecho. También, tener en cuenta que los juzgamientos precipitados pueden ocasionar un daño en la integridad e imagen de los supuestos agresores. Es importante no tratar a los sospechosos como criminales salvo que haya sido probado el delito. Por otro lado, quienes se ocupan de estos temas recomiendan ofrecer siempre la legislación vigente, puesto que aporta datos relevantes y urgentes, relacionados con las herramientas de promoción y protección de los derechos de la infancia. “Es necesario informar sobre las leyes de protección de las víctimas que no se cumplen, como las de restricción del hogar, y sobre la falta de recursos que tienen los espacios destinados para hacer cumplir derechos y asistir a las víctimas”, señala Muller.

En el mismo sentido, Chiroque Solano y Nino destacan la importancia de informar sobre las normas locales e internacionales vigentes, así como destacar la actuación de la policía o la Justicia cuando realizan avances en las diferentes causas, al igual que el desarrollo de los programas de protección integral de la infancia.

9 – CÓMO, DÓNDE Y POR QUÉ DENUNCIAR LA VIOLENCIA: EL ROL SOCIAL QUE TIENE EL PERIODISMO

Los artículos deben incluir direcciones útiles que indiquen donde acudir para denunciar situaciones de violencia y obtener ayuda. Además de reflejar un problema, el periodista ofrece también un servicio y cumple con su rol social. El seguimiento de las etapas del proceso -la denuncia, el juicio, el tratamiento ofrecido a la víctima y al agresor- enriquece las coberturas y permite incluir las voces de todos los actores: familiares de las víctimas, jueces, asistentes sociales, especialistas, y no sólo escuchar a la policía, que suele ser la fuente más consultada en el tema.

No siempre su lenguaje y su perspectiva son respetuosos de los derechos de niños, niñas y adolescentes: los periodistas podemos y debemos diferenciarnos de ellos. Nuestro rol social también puede cumplirse aportando difusión permanente a los organismos de protección de las víctimas de violencia e indicado y aclarando cuáles son los artículos de la Convención sobre los Derechos del Niño y del Código Penal que son vulnerados.

Este camino es el que rescata Tuñez, cuando afirma que “es importante aportar información sobre dónde acudir, hablar de las leyes que amparan los derechos de la infancia y los organismos que deben ocuparse del tema. Ofrecer la salida, que siempre la hay y las herramientas están”, enfatiza. Y señala que “si bien, en este sentido, el Estado es deficiente en la comunicación, los medios deben hacer lo propio para difundirla”.

Muller, por su parte, va más allá: “Conviene preguntarse dónde está el Estado, informar sobre los programas de protección con los que cuenta la ciudadanía, hablar de las organizaciones que pueden asistir a las víctimas y realizar una intervención adecuada, brindar contención y ocuparse de que las leyes se cumplan. Siempre, informar sobre las normas que respaldan y protegen: no todo el mundo las conoce”. Y sigue: “Los medios podrían empezar por preguntarse cuánto dinero destina el Estado en asistir y proteger a la infancia, ver qué pasa en los hospitales y en los centros de asistencia a las víctimas. Esta información no debe aparecer de manera esporádica opina la profesional-, sino ser un tema de agenda pública, porque el Estado debe ayudar a las ONGs, controlar los programas en los que invierte recursos: los medios, deberían difundir esa información”.

10 – NIÑOS Y NIÑAS SON CIUDADANOS CON DERECHOS: ASÍ DEBEN MOSTRARLOS LAS NOTICIAS, SIEMPRE

Los y las profesionales que Periodismo Social consultó para realizar este informe, coinciden en que en este tipo de coberturas es esencial preguntarse sobre las responsabilidades de cada actor social involucrado (la familia, el Estado, la escuela, los otros adultos que observaron situaciones de violencia).

Para aportar una mirada amplia y profunda sobre la problemática, lo más completo, siempre, será ofrecer interrogantes sobre el rol que jugaron de todas las partes involucradas: interrogantes, decimos, que puedan aportar al tejido social y a los cambios culturales favorables. Esta responsabilidad también nos cabe en tanto periodistas.

Por eso, es imprescindible que el material periodístico presente SIEMPRE al niño, niña o adolescente como una persona con derechos y no sólo como víctima de un hecho de violencia.

Para ellos, coinciden los y las especialistas, es necesario aportar la información fundamental: legislación vigente, organismos e instituciones de promoción y protección integral de la infancia, acercar aquellos espacios donde radicar denuncias o pedir ayuda, ser responsables en el manejo de la información.

Es imprescindible empezar a vincular los temas de la cobertura con los derechos que se ponen en juego. Sabemos que detrás de cada chico en riesgo hay un derecho vulnerado. Y eso no siempre queda claro en las noticias.

Los y las profesionales que Periodismo Social consultó para realizar este informe, coinciden en que en este tipo de coberturas es esencial preguntarse sobre las responsabilidades de cada actor social involucrado (la familia, el Estado, la escuela, los otros adultos que observaron situaciones de violencia).

Para aportar una mirada amplia y profunda sobre la problemática, lo más completo, siempre, será ofrecer interrogantes sobre el rol que jugaron de todas las partes involucradas: interrogantes, decimos, que puedan aportar al tejido social y a los cambios culturales favorables. Esta responsabilidad también nos cabe en tanto periodistas.

Por eso, es imprescindible que el material periodístico presente SIEMPRE al niño, niña o adolescente como una persona con derechos y no sólo como víctima de un hecho de violencia.

Para ellos, coinciden los y las especialistas, es necesario aportar la información fundamental: legislación vigente, organismos e instituciones de promoción y protección integral de la infancia, acercar aquellos espacios donde radicar denuncias o pedir ayuda, ser responsables en el manejo de la información.

Es imprescindible empezar a vincular los temas de la cobertura con los derechos que se ponen en juego. Sabemos que detrás de cada chico en riesgo hay un derecho vulnerado. Y eso no siempre queda claro en las noticias.-

Producción: Paula Gingins – Adrián Arden
Fuente: Periodismo Social
Facebook: http://www.facebook.com/PeriodismoSocial
Más información: http://www.periodismosocial.net/

PERIODISTAS ÚLTIMA GENERACIÓN

Mientras la Primavera Arabe se desplazaba por Medio Oriente este año, docenas de jóvenes tomaron sus cámaras y laptops y a menudo con una mínima experiencia se dirigieron a las zonas de guerra como periodistas free lance. Para algunos dentro de la industria periodística, representaban la próxima generación de reporteros, dispuestos a arriesgar su vida por lo que claramente era un hecho de enorme importancia histórica. Para otros, eran poco entrenados, un poco imprudentes y un peligro potencial para ellos mismos y aquellos que trabajaban con ellos.

Muchos periodistas, tanto los experimentados como los no entrenados, murieron, fueron heridos y capturados, especialmente durante la guerra en Libia. La muerte trágica de Tim Hetherington y la de Chris Hondros, en abril, recordaron a los periodistas y a las organizaciones de noticias que ni los veteranos que informaban sobre un conflicto eran inmunes.

En un blog reciente publicado por Michael Kamber en The New York Times se expresaba la preocupación sobre esta nueva generación de fotógrafos inexpertos y se incluía la crítica de algunos de sus pares más expertos. Se inició un feroz debate sobre la responsabilidad de los jóvenes periodistas y aquellos que los quieren emplear en ambientes peligrosos. “La Primavera Arabe, y Libia en particular, crearon lo que yo considero la próxima generación de periodistas-reporteros de noticias internacionales y reporteros de guerra”, dijo Jon Lee Anderson, de The New Yorker. “Era un terreno de prueba natural para un montón de chicos que se encontraban siendo testigos de un hecho de proporciones históricas. No se los puede culpar por ir.”

El trabajar de free lance –o simplemente aparecer y contar historias– es una tradición muy honorable en noticias extranjeras y puede ser un aprendizaje vital que prepara el camino para un empleo más permanente. Desde Bosnia no hubo un conflicto tan accesible a los que trabajan como free lance con un presupuesto ajustado. Las fuerzas rebeldes recibían y acomodaban bien a los periodistas, a menudo brindándoles comida gratis, alojamiento y acceso a Internet, pero los riesgos eran enormemente altos. “El acceso no tenía precedentes –explicó la fotógrafa Nicole Tung, que tenía 24 años cuando cruzó la frontera egipcia y se dirigió a Benghazi, en febrero–. Eso era parte del atractivo para los que éramos free lance.” Como muchos otros, ella dijo que los jóvenes fotógrafos y periodistas inexpertos no podían esperar ser enviados a una misión sin ser probados. “Uno es aún más ingenuo si cree que alguien lo puede enviar a algún lado.” “A veces hay que correr el riesgo”, razonaba Rachel Beth Anderson, una camarógrafa estadounidense que cubrió el conflicto desde los primeros días. Pero es una existencia precaria, tanto profesional como financieramente.

En teoría, las empresas los tienen que cubrir a todos por igual. “Todas las organizaciones de noticias tienen como responsabilidad –y es una responsabilidad compartida– tratar a los free lance de la misma forma que al personal estable si algo les sucede”, dijo Tina Carr, directora de Rory Peck Trust, una organización que entrena y apoya a los periodistas free lance. El director británico Patrick Wells apareció en Libia y rodó una película sobre un grupo de combatientes rebeldes, que vendió a Al Jazeera. “No era una película que hubiera planeado antes –dijo–. Sólo porque estaba ahí y porque era free lance la hice.”

Portia Walker
De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Comunicar geografía, pensar la Nación

Entender la comunicación entre distintos saberes geográficos como posible camino de interrogación sobre los grandes temas de la Nación podría ser la derivación de algunas de las conclusiones del Simposio recientemente realizado sobre Didáctica de la Geografía, inscripto en el marco del 3º Congreso de Geografía de Universidades Públicas organizado por la Universidad Nacional del Litoral. En ese espacio, docentes y académicos de distintos puntos del país han discutido sobre esta práctica disciplinar. Trabajar sobre el qué y cómo enseñar supuso también tener en cuenta las dificultades con las que se encuentran los profesores de Geografía cuya labor (lograr enseñar) está condicionada por la actual profunda heterogeneidad sociocultural. El título docente habilitante, en estos términos, se torna una abstracción, porque se requiere de tipos de profesores de Geografía muy diferentes entre sí para actuar en contextos socioterritoriales tan disímiles. Se puede, entonces, pasar de sólo pensar “qué es” un profesor formado o en formación hacia ver “qué papel cumple”, es decir, cómo se posiciona con su saber geográfico ante este marco.

Un cambio de posición docente en ciernes está orientado hacia la recuperación del vínculo entre el actor (docente) y su papel (lograr enseñar). Este giro es comunicacional y orientado hacia la adquisición permanente de conocimientos rigurosos y claramente recortados de la disciplina geográfica para sintetizarlos críticamente a partir de la circunstancia sociocultural en la que cada docente se encuentra. Esta tarea apunta a poner esos saberes así procesados al servicio de amplias poblaciones, en este caso –de manera capilar– la enormidad de estudiantes en las aulas de Geografía. Así, muchos profesores, desde su propio contexto, usan materiales rigurosos para realizarle certeras preguntas a la realidad social (distanciándose críticamente), no para contestarlas desde una explicación académica o para cerrarlas desde una resolución política (militante o no), sino para enriquecer esas preguntas junto a alumnos de heterogéneos contextos socioterritoriales.

Un número nada menor de profesores trabaja en escuelas inscriptas en territorios afectados por la megaminería, la explotación sojera o la instalación de polos petroquímicos, donde no es posible desarrollar con libertad plena la tarea de interrogar críticamente la realidad circundante, ya sea porque los padres de los chicos viven de esas actividades económicas o porque existe la amenaza de perder el trabajo en la escuela o por el riesgo de quedar aislado en el rincón escolar reservado a las atrevidas y politizadas ovejas negras. Emerge una circunstancia novedosa para los profesores de Geografía, pero no para los intelectuales desde fines del siglo XIX: la lógica del campo en el que se desarrolla la tarea puede obligar a sesgar las preguntas o directamente a silenciar la propia voz. No obstante, se puede contar con algunas herramientas didácticas para eludir ese obstáculo: se pueden trabajar problemas locales de otros lugares de la Argentina distantes al que uno se encuentra, pero que experimentan el mismo padecimiento (de contaminación o erosión, entre otros posibles). Similares problemas resuenan en distintos lugares, ya que nunca son estrictamente locales sino expresiones de procesos sociopolíticos a escala nacional y global.

Junto al de los docentes también empieza a verse un cambio de posición en algunos académicos: lentamente unos y otros empiezan a desplazarse de un modelo jerárquico hacia uno rizomático: se migra de un esquema con un tronco central (académico, asociado a la labor de creación intelectual) del cual salen ramas subordinadas (docentes, ligados al trabajo de aplicación manufacturera en el aula) hacia uno en red más horizontal donde en cada conexión se puede encontrar un significado diferente (que borra progresivamente la vidriosa dicotomía trabajo intelectual/trabajo manual). Esto no implica, por supuesto, que los docentes secundarios se “academicen” ni tampoco que los académicos deban o necesiten ir a dar clase a las escuelas secundarias, aunque podamos ver personas que desarrollan simultáneamente tareas en ambos ámbitos, en algunos casos de manera fecunda.

Todavía son relativamente pocos quienes están cambiando de posición. Pero son más ahora que hace cinco u ocho años: se va así pudiendo expandir la interrogación y el pensamiento crítico en torno de los poderes fácticos que aspiran a continuar perpetuándose como dueños de los destinos de las geografías de esta Nación.

Omar Tobío
Director de la Licenciatura en Enseñanza de las Ciencias Sociales. CEGeo/EHu, Universidad Nacional de San Martín.
Página 12 – La Ventana

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