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Elena Poniatowska: Una para todas

Conocí a Elena Poniatowska en un Congreso sobre Escritoras Hispanoamericanas, realizado en Madrid en el año 2001. Por esos días, era muy popular en España, acababa de ganar el Premio Alfaguara de Novela con La piel del cielo. Esa circunstancia no impidió que me concediera una entrevista a altas horas de la noche, cuando luego de una jornada intensa y el dictado de una conferencia magistral sólo correspondía que se fuera a descansar. Entonces, aproveché la ocasión para preguntarle cuestiones relacionadas con mis lecturas e hipótesis de trabajo en relación con su escritura y, especialmente, con las complejas interacciones entre discurso visual y verbal, entre literatura y fotografía. En el período de trabajo que había elegido para mi investigación doctoral, la producción de Poniatowska daba cuenta de su afán por visibilizar, por “inscribir” en la historia a los sujetos sociales silenciados y a las escenas –siempre históricas– que protagonizaban.

Descendiente de la nobleza polaca, Elena nació en París el 19 de mayo de 1932; hija de una mexicana, Paula Amor, y de Jean Poniatowski, se naturalizó mexicana en 1969. En 1953, en el diario Excélsior inició una exitosa carrera como periodista, que se continuó en varios periódicos y revistas de México. Poniatowska es muy conocida y valorada por las entrevistas a personalidades destacadas de la cultura contemporánea: Alfonso Reyes, Luis Buñuel, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, entre muchos otros.

De su vasta producción, se destacan dos textos de referencia en la literatura mexicana y latinoamericana: Hasta no verte Jesús mío (1969), en el que se recrea el habla de una lavandera y soldadera de la Revolución, Josefina Bórquez, inmortalizada en la novela como Jesusa Palancares, y La noche de Tlatelolco (1971), texto armado mediante las voces grabadas a los sobrevivientes y familiares de las víctimas de la masacre estudiantil en la plaza de las Tres Culturas, en 1968. En este texto, no sólo se argumenta sobre la matanza sino que se utiliza el montaje de fotografías y de discursos como una herramienta política, como una operación ideológico-persuasiva destinada a un amplio público lector/espectador.

Elena Poniatowska suele definirse como “una feminista por inclinación natural”. Asunción de una autorrepresentación política que no implica necesariamente que sus textos tengan que ser considerados como feministas si es que un texto se pueda marcar como tal; sabemos que en la literatura toda autoconfiguración de un sujeto pasa por una mediación narrativa. En este sentido, al producir un texto que adopte la perspectiva de un sujeto femenino en cualquier tipo de género discursivo, una escritora tiene en cuenta las percepciones y las imágenes de la sociedad en un determinado momento (ya sea porque está inmersa en ella o también porque tiene una voluntad de focalizar el problema de las mujeres en general y de las escritoras en particular). Para la crítica alemana Sigrid Weigel, quien desarrolla el concepto de la mirada estrábica, las mujeres deberían permitirse mirar por el rabillo de un solo ojo, de esa manera estrecha y concentrada, para con el otro quedar libres de vagar a lo largo y lo ancho de la dimensión social.

En el “mirar de reojo” se puede aprovechar una situación y cargarla de sentido político, y es esta mirada la que me resultó sorprendentemente fértil para leer ciertas zonas de la escritura de Elena Poniatowska. Por ejemplo, Querido Diego, te abraza Quiela (1978) se centra en la letra mínima, en los intersticios de lo no dicho, de lo desechado, y allí Poniatowska ve y lee aquello que desde la esfera pública o desde los grandes relatos consagrados aparece como anecdótico. En los intersticios de la “monumental” biografía sobre Diego Rivera, la escritora encuentra materiales para su trabajo posterior y repone fragmentos de historia “anti-monumental” que hubieran quedado en el olvido; así trama la correspondencia imaginaria entre Rivera y Angelina Beloff en Querido Diego, te abraza Quiela, mira otra vez por el rabillo del ojo y encuentra los materiales que le servirán para su escritura. Una escritura que se encuentra en permanente lucha contra el silencio de la historia hegemónica y que relega al sujeto femenino al olvido y a la marginalidad. Esta operación de lectura responde a variables históricas y, por lo tanto, no puede considerarse como un rasgo inherente de su escritura.

Al desarrollar esta mirada, Poniatowska se inscribe dentro de la lucha por el poder interpretativo, propia de una larga serie de mujeres mexicanas, que buscaron responder a las representaciones generadas por el imaginario social mexicano, dominado por los mitos patriarcales del nacionalismo.

En la escritura de Elena Poniatowska se construye de forma explícita una reflexión sobre el mundo de las mujeres. También se puede trazar una línea que se puebla de personajes femeninos en sus trabajos de ficción, que van desde la tierna Lilus Kikus, protagonista de su primera novela, pasando por Mónica en De noche vienes, por Mariana de La flor de Lis, o la recreación de Jesusa Palancares en Hasta no verte Jesús mío; la reconstrucción de la vida de la fotógrafa y revolucionaria Tina Modotti en Tinísima, de las pintoras Nahui Ollin, Frida Kahlo o María Izquierdo y de escritoras como Rosario Castellanos o Elena Garro en Las siete cabritas; el trabajo particular entre texto e imagen que realiza en Las soldaderas o sobre la vida de Leonora Carrington en Leonora.

En su convicción, la participación de las mujeres siempre debe superar las fronteras de lo privado. Por esta razón, en uno de sus textos, también le rinde un homenaje a Alaíde Foppa, una luchadora social, integrante y fundadora de la revista Fem, desaparecida en 1980. Al recordar los orígenes de Fem, señala que la revista se componía de escritoras y periodistas que estaban “interesadas en el cambio social de las mujeres y se proponía estudiar las condiciones de las mujeres menos favorecidas en la ciudad y en el campo, en América latina y, sobre todo, en México”. La originalidad de la propuesta, que asume los postulados del movimiento feminista, se concentra en la temática sobre el trabajo invisible, la doble jornada, el hostigamiento en el empleo, así como las aportaciones que las mujeres han hecho al arte, a la ciencia y a la técnica.

Poniatowska no sólo se autodefine como feminista por inclinación natural sino que, además, el método analítico y crítico del feminismo y la práctica de la autoconciencia le permiten rescatar el trabajo de otras mujeres. Es decir, la escritora tiene en cuenta las complejas relaciones de raza y clase social y las distintas posiciones de sujeto. Con relación a las diferencias de clase, tomamos como ejemplo de esta conciencia su lugar diferenciado de mujer blanca, de clase acomodada, de origen noble, el texto “Vida y muerte de Jesusa” del libro Luz y luna, las lunitas. Allí la escritora confiesa:

“En las tardes de los miércoles iba yo a ver a la Jesusa y en la noche, al llegar a casa, acompañaba a mi mamá a algún cóctel en alguna embajada. Siempre pretendí mantener el equilibrio entre la extrema pobreza que compartía en la vecindad de la Jesu, con el lucerío, el fasto de las recepciones. Mi socialismo era de dientes para afuera. Al meterme en la tina de agua bien caliente, recordaba la palangana bajo la cama en la que Jesusa enjuagaba los overoles y se bañaba ella misma los sábados. No se me ocurría sino pensar avergonzada: Ojalá ella jamás conozca mi casa, que nunca sepa cómo vivo yo. Cuando la conoció me dijo: No voy a regresar, no vayan a pensar que soy una limosnera. Y, sin embargo, la amistad subsistió, el lazo había enraizado. Jesusa y yo nos queríamos. Nunca, sin embargo, dejó de calificarme. Yo ya sabía desde endenantes que usted era catrina” (Luz y luna, las lunitas, pág. 51).

Jesusa y Elena, ambas conscientes de sus posiciones disímiles, construyen un lazo social bajo la forma de la fraternidad. Las ganancias materiales y simbólicas que le produce a Poniatowska el éxito de Hasta no verte Jesús mío no le impide establecer un vínculo, una unión con Jesusa. Al igual que Ricardo Pozas, quien “jamás dejó a los indígenas, sobre todo a los chamulas, los tojolabales, los tzeltales, los tzotziles” (Luz y luna, pág. 51). Poniatowska no deja a Jesusa sino que la incorpora a su universo afectivo. La “obligación moral” que contrae hace que la acompañe hasta en los últimos momentos de la vida de la soldadera. “Jesusa murió en su casa, Sur 94, Manzana 8, Lote 12, Tercera Sección B, Nuevo Paseo de San Agustín. Más allá del aeropuerto, más allá de Ecatepec, el jueves 28 de mayo de 1987 a las siete de la mañana… Murió igual a sí misma: inconforme, rejega, brava. Corrió al cura, corrió al médico; cuando pretendí tomarle la mano dijo: ‘¿Qué es esa necedad de andarlo manoseando a uno?’ Un día antes de morirse nos dijo: ‘Echenme a la calle para que me coman los perros; no gasten en mí, no quiero deberle nada a nadie’” (Luz y luna, las lunitas, pág. 56).

Y Jesusa murió en compañía de Elena. Poniatowska, cronista-periodista-escritora, estableció una alianza con Jesusa Palancares, en el sentido de aliar. Estoy convencida de que al reelaborar el material que le ha narrado la soldadera, la escritora mexicana establece una alianza política con esta mujer marginada, en una nueva conformación discursiva contrahegemónica. El lazo, el vínculo, la unión que arma Elena, su lugar en esta “comunidad de mujeres”, es el que la sitúa y posiciona en tanto mujer blanca, letrada, de origen noble, en relación con las mujeres de otras clases sociales. El lazo social es lo que le permite, como afirma Jean Franco, “tender un puente poco común” sobre la diferencia de clases.

Poniatowska lleva publicados numerosos textos de ficción y de no ficción: crónicas, biografías, novelas, cuentos, testimonio, entrevistas, artículos periodísticos, y también ha tomado numerosas fotografías y ha realizado cortometrajes. Nos encontramos frente a una intelectual que se mueve en diferentes géneros discursivos y con un interés particular por mostrar y visibilizar las diferencias sociales y sexuales, por eso, entre otras razones, incorpora imágenes a sus textos. Enraizada en la Cultura Visual, focaliza agudamente las relaciones entre género y visualidad en la ligazón de literatura y fotografía.

Sus textos han sido traducidos a decenas de idiomas y ha recibido múltiples reconocimientos a su labor. Destacamos, entre otros, el Premio Mazatlán de Literatura 1971, por Hasta no verte Jesús mío; el Premio Nacional de Periodismo de México 1978, por sus entrevistas; el Premio Mazatlán de Literatura 1992, por Tinísima; el Premio Nacional de Literatura de México; el Premio Rómulo Gallegos; el Premio Biblioteca Breve 2011, por Leonora, y el reciente Premio Cervantes, uno de los galardones más importantes de las letras hispánicas, por su brillante trayectoria, por la dedicación al periodismo y por su compromiso con la historia del siglo XX-XXI.

Entre mujeres, solidaridad

(Fragmento de la entrevista a Elena Poniatowska publicada en el libro El cristal de las mujeres, de Alejandra Torres, Beatriz Viterbo)

¿Hay una necesidad de poner fotos en sus libros?

–Yo creo que hay un deseo. Por ejemplo, en Luz y luna, las lunitas lo hubo por dar a conocer a la Jesusa, por dar a conocer cómo era físicamente, y porque yo tenía la suerte de tener esas fotografías. Bueno, yo no tenía los negativos, los tenía Héctor García, tuve que ir a comprar las fotos. Yo le di las fotos a Jesusa y a ella no le gustaron y las rompió todas, porque dijo que ella no estaba bien peinada, que no le gustaban, que a ella le gustaban las fotos serias, sepias de 4 ondas marselle, y no le gustaban ésas donde uno se estaba riendo, eso le parecía una payasada, y entonces yo se las llevé a regalar y ella las rompió y me enseñó qué tipo de fotografía le gustaban. A ella le gustaban las fotografías de retrato, de ésas que te hacen los fotógrafos que te ponen un fondo. Pero sí es cierto que hay una tendencia hacia la fotografía, a querer ilustrar, a que se vea realmente a la persona. Y sobre todo lo hubo en el caso de Jesusa, porque yo quise poner su verdadero nombre, quise que ella apareciera en el libro y ella se negó. Me dijo: “Usted, en primer lugar, no entiende lo que le cuento, inventa todo, cambia los colores de los perros, escribe puros garabatos” y entonces me dijo que yo no podía transformarla en un hazmereír o en una curiosidad. Recuerdo que una vez llevé a verla a una amiga norteamericana que tenía una ilusión loca de verla y me dijo: “No me la vuelva a traer, le voy a cerrar la puerta en las narices, porque yo no soy un chango para que me estén viendo”. Además, ella cuando había visitas cambiaba, se volvía amable, iba a buscar sillas, las jalaba, y después se quejaba que le habían sacado tiempo.

¿Tiempo para qué?

–Para ella el tiempo era importantísimo. A mí también me decía siempre que yo le quitaba el tiempo, porque ella tenía todas sus actividades en el taller de imprenta donde hacía la limpieza, pero también se llevaba los overoles de los trabajadores y su ropa, se la llevaba a su casa, en condiciones muy desagradables, con una tablita encerrada en su cuarto para ella y todo el cuarto olía a gasolina, tenía sus animales, sus gallinas, sus pajaritos; en un momento tuvo gatos y teníamos que ir por los pellejos de sus gatos y compraba en la carnicería exactamente un montoncito porque no tenía refrigerador, el maíz para sus gallinas, su idea del tiempo era enorme. Además, ella escuchaba la radio, la escuchaba y no podía romper esa rutina, la desquiciaba como la desquiciaba también que la quisieras abrazar o que le pusieras la mano en los hombros, y eso fue hasta el último momento, hasta cuando se estaba muriendo. Me acuerdo de que yo le tomaba la mano y me decía: “¿Qué es esa necedad de andar manoseando a uno, qué es esa necedad? No me esté manoseando”. Y luego gritaba: “No gasten en el médico, no me estén cuidando”; se arrancaba los tubos de las inyecciones, era fiel a sí misma hasta el último momento, decía: “Yo soy un cuero viejo, tíreme”, era de una dureza para sí misma aterradora, pero también de una lealtad a la persona que ella se había vuelto, pero a través de todos los golpes que había recibido.

¿Por qué hay tantas mujeres en su obra?

–Porque en mi país las mujeres son hechas a un lado totalmente, son consideradas como secundarias, como que no tienen qué decir, y son admirables. Si tú ves a la población de las mujeres y si tú hablas con ellas te das cuenta que son el 52 por ciento de la población y claro que no se puede generalizar, pero en general los hombres son de pisa y corre, los hombres con una gran facilidad le hacen un hijo a una mujer y luego desaparecen, y luego se lo hacen a otra y también desaparecen. Ahora ya hay más posibilidad de control de la natalidad, hay píldoras, dispositivos intrauterinos, pero en la época de la Jesusa o los sesenta, tú veías que las mujeres tenían al hijo y lo aceptaban. Había muchas que tomaban tés abortivos y dañaban al feto, pero sacaban el niño adelante, lo levantaban de la tierra y le daban lo que ellas no habían tenido, una educación, una formación, protección, y también recogían a otros niños. Eso no quiere decir que a veces no les pegaban o utilizaban. Hay en México cada vez más niños y niñas en la calle, y las niñas se embarazan y tienen hijos en la calle, y son poseídas por el jefe de la banda, es bastante aterrador porque los hijos salen enfermos, algunos son drogadictos. En general, los recoge la institución, pero éste es un nuevo problema, los bebés de la calle, los niños nacidos en la calle.

Usted siempre afirma que existe una solidaridad entre las mujeres…

–Yo creo que entre las mujeres hay como el deseo de…, hay un feminismo que ha dado lugar a la revista Fem en torno a Alaíde Foppa, y aunque todas eran universitarias había mujeres de distintas clases sociales. Sí, pienso que nació una solidaridad a raíz del terremoto, ahí sí vi que las mujeres iban a hablar con las costureras, había mucha solidaridad de las lesbianas, de las monjas, que sabían muy bien qué hacer. En general, los agrupamientos religiosos tenían como una práctica frente a la desgracia que los demás no tenían, y entonces hacían muy bien el acopio de ropas, medicinas, comida, y sabían. Está la idea comunitaria, estaba en las religiones y en las agrupaciones como los scouts, que parecían tener mucha práctica.

Usted antes dijo que empezó con la fotografía por el periodismo pero que después se entusiasmó. ¿Cómo es eso?

–Yo me entusiasmé con la foto mucho, muchísimo por el hecho de la fotografia en sí, pero yo creo que me entusiasmé desde un principio, recuerdo que yo hojeé durante mucho tiempo un libro, La familia del hombre, y luego empecé a ver las fotos de Cartier Bresson, de Dosneau, y luego empecé a ver las fotos de los mexicanos, y cuando me decían si yo quería hacer un texto sobre una foto, de tanto hacer pies de grabado, que son los pies de foto, también eso me hizo acercarme a la fotografia. Eso me hizo acercar mucho. Y ahora yo sí siempre pienso, por ejemplo: tengo un último libro que se llama Las mil y una, tiene tal cantidad de fotografía que es ridículo, tiene demasiadas, pero si yo hubiera podido poner otras 35 fotos las hubiese puesto porque necesitaba…

¿Qué necesitaba?

–Darle más énfasis, como que vieran. Muchas fotos ni venían al caso, pero había fotos magníficas de la frontera de Mariana Yampolsky y dije: “Tengo que poner más”; bueno, si el libro es tan pésimo, las fotos lo salvan, las fotos le ayudan porque hay fotos de la frontera, de cómo la división de México y Estados Unidos se prolonga y va al mar entre las olas. Es tan impresionante ver que si te quieres pasar a los Estados Unidos tienes que nadar hasta el culo del horizonte para poder pasarte al otro lado, hasta el carajo. Entonces, todas esas fotografías que tomó Mariana Yampolsky a mí me impactaron y me dije: “Para que vean las circunstancias”, pero ahí ya se me botó la cañica, me pasé.

¿Las palabras no alcanzan?

–Pues yo creo que también es una inseguridad. No creas que en las novelas ya voy a poner fotos, pero tienes mucha razón, es muy buena tu observación, porque cuando yo entregué los manuscritos querían tres copias y dos manuscritos de La piel del cielo engargoladas, les puse una foto de la luna, de un telescopio, y yo decía: “Así les va a gustar más”. Me acuerdo de que yo decía, en la primera plana estaba T. Tauri por Dumbo, no se llamaba La piel del cielo y luego le volteas y hay alguna foto que saqué de alguna revista de la Tierra vista desde la Luna y luego dentro le metí la de un telescopio y me dije: “Si le meto una foto van a entender mejor”.

¿Y el libro sobre Juan Soriano?

–Ahí sí le quise poner muchas fotos, dibujos de él, es un libro que te da alegría. Yo integro dibujos, él siempre dibuja falos, menos que Francisco Toledo; en un momento la editorial dijo: “Ustedes se pasaron, si hay tantos falos no se va a querer vender, en una tienda que es muy importante en México no van a querer vender eso, en cada página hay un pito en erección”, pero después, no sé qué pasó y salió. Yo no sé cómo han sido las ventas de ese libro: lo que sucede con los pintores, excepto los más conocidos, son libros de arte, carísimos, los compra poca gente, y Soriano no era tan conocido como para suscitar tanta curiosidad, pero a partir del libro… es que en las presentaciones del libro fuimos a varios lugares, en todas partes él veía a muchísima gente y entonces, eso le gustaba mucho y le hacían preguntas con mucho cariño y respeto; entonces, yo creo que ésa fue para él una experiencia muy gratificante y es así nueva, porque finalmente los pintores tienen un público enorme. El ha tenido muchas retrospectivas, pero es más de relaciones más sociales, de comprador de cuadro a autor de un cuadro, y en este caso era de muchachos y muchachas que jamás iban a poder comprar un cuadro, pero que le hacían preguntas sobre su arte que a él le emocionaron.

¿Qué relación tenía usted con Juan Rulfo?

–Llevamos una relación amistosa bastante especial, de hecho él era fotógrafo, yo fui una de sus modelos, me tomó muchas fotos, como siete rollos o más, pero quién sabe dónde quedaron.

¿Qué definición daría Elena Poniatowska sobre la fotografía? ¿Qué sería para usted fotografiar?

–Como periodista es casi indispensable saber fotografiar a los entrevistados. También lo es para hacer reportajes y crónicas. Para mí fotografiar era llevar una constancia del trabajo realizado, pero también empecé a fotografiar a muchos niños de la calle, niños jugando en parques públicos, niños a la hora del recreo, etcétera. Esto me llevó a acompañar, casi cuarenta años después, al fotógrafo sueco Kent Klich de Aperture en sus jornadas de fotografías para el libro El niño sobre niños de la calle, que publicó la imprenta Syracuse University Press, en Estados Unidos. Es un libro muy impresionante y excelente por las notables fotografías de este fotógrafo fuera de serie. Además Kent Klich vino a México durante diez años y vio a los niños crecer en la calle, de suerte que éstos siempre le andan pidiendo retratos suyos de cuando eran chiquitos. Anduvimos muchos meses en la calle y considero que éste es uno de los trabajos más importantes que he hecho. Durante años trabajé también con Héctor García, que hacía las fotografías para las entrevistas que se publicaban en el periódico Novedades. Así logró Héctor García un excelente retrato de David Alfaro Siqueiros, el muralista mexicano, en la cárcel de Lecumberri. También con Graciela Iturbide hice un libro de fotografías. Trabajamos juntas en Las mujeres de Juchitán, en el estado de Oaxaca. Es un pueblo rebelde en el que las mujeres juegan un papel preponderante, ya que ellas son las encargadas del mercado y, por lo tanto, las que guardan el dinero, ellas compran y venden y le dan al marido campesino para sus gastos. Se ha definido a Juchitán como un matriarcado, pero no lo es. Hice varios textos para acompañar libros sobre Manuel Alvarez Bravo, que ahora tiene más de cien años, y él fotografió a mi hija Paula Haro, también fotógrafa (y muy, muy buena), que en algún momento fue su asistente. Recuerdo con particular cariño a Kati Horna, húngara y fotógrafa de la Guerra Civil de España, que vivió en México, ligada al movimiento surrealista de México, ya que aquí todavía vive Leonora Carrington y aquí vivieron y murieron Remedios Varo, Gunther Gerszo y otros surrealistas más. La labor fotográfica de Kati Horna es excelente.

Para fotografíar –decía Bresson– hay un momento decisivo: ¿lo hay para escribir? ¿Cuál sería la relación para Elena Poniatowska entre escribir y fotografiar?

–No tengo momento decisivo para escribir, solo sé que hay días buenos y hay días malos, días en que quién sabe por qué razón la escritura fluye y días en que todo lo que se escribe está muerto. Como periodista he vivido la fotografía ligada íntimamente a la escritura, pero no sabría precisar si ésa es su relación, porque las novelas y los cuentos jamás llevan fotografía, y hago también novelas y cuentos. Los reportajes sí, las crónicas sí, y como intento escribir en la forma más sencilla posible siento que las fotografías ayudan a comprender tal o cual frase. No es que ilustren, complementan.

Alejandra Torres

Doctora en Letras, profesora universitaria e investigadora del Conicet (UBA/UNGS). Ha escrito, entre otros, El cristal de las mujeres. Relato y fotografía en la obra de Elena Poniatowska. Rosario, Editorial Beatriz Viterbo, de donde se extrajo el fragmento de entrevista.

Fuente: Las 12
www.pagina12.com.ar

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Acerca de emartinchuk

Periodista, MP 10166. Se desempeño en el área de Noticias de los canales 9, Teledos, 7 y TELEFE. Socio Fundador de la Asociación Iberamericana de Periodistas Especializados y Técnicos (AIPET) Capítulo Argentino. Fue Docente en la Cátedra de TV en la Universidad del Salvador. Fue Coordinador en el Servicio Iberamericano de Noticias con sede en Madrid,(RTVE) España. Editor del Capítulo Argentino para la Cadena Eco de México. Fue Docente, Rector en la Escuela de Periodismo Círculo de la Prensa. Edito los libros "Federalización de la información" (1995), ISBN 9508130466 "Televisión para Periodistas: un enfoque práctico".1ra Edición 2002 ISBN 9871004125 2da Edición 2007 ISBN: 9789871004126 Documentales: "Los Quilmes: la última Resistencia".(1995) http://youtu.be/Z-XWOnIHZio Idea y Producción: "Luz, cámara, red" (1996-97) http://youtu.be/PfNrBokU6m4 Colaborador en medios argentinos y del exterior sobre temas de comunicación. Editor en Noticongreso.wordpress.com, Periodismo Parlamentario en temas de Ciencia, Tecnología, Salud, Ambiente y Energía. Designado “Directivo Decano de Honor y Dignidad”, en el grado de “Magister Laudet” por la Asociación de Rectores de la República Argentina y la Asociación de Directivos Argentinos al cumplir 30 años en la docencia. Por Resolución 327-2014 la Honorable Academia Mundial de Educación ha instituído el Título Honorífico de Doctor Honoris Causa, reconociendo sus logros profesionales y su admirable trayectoria de trabajo en favor de la Educación Mundial. Como parte de la socialización del conocimiento pueden leer en cualquier sistema digital o imprimir gratis los siguientes E-Books Belgrano: Una mente brillante http://issuu.com/gaceta21/docs/belgrano/0 ISBN 9789873356087 Como Estudiar: Manual Práctico http://issuu.com/gaceta21/docs/comoestudiar ISBN 9789873348679 Ser Periodista http://issuu.com/gaceta21/docs/ser_periodista ISBN 978-987-33-7147-9

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