(Nicolás Stulberg)
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De lejos, el pañuelo en el bolsillo del saco de D.T. Max parece un mapa de Buenos Aires doblado como un triángulo. Entre las manzanas, todas grises sobre un fondo blanco, se vislumbra un posible parque o plaza: muchas manzanas verdes juntas. ¿Habrá salido a recorrer la ciudad estos días en las horas que no estaba en el CCK dando charlas? “Empecé en el periodismo porque no me fue bien en la universidad. Escribo sobre todo lo que no sé”, dice sosteniendo el micrófono en vertical. El auditorio está lleno; algunos tienen los auriculares puestos, porque allí, una voz femenina ofrece la traducción inmediata. Otros se animan al inglés transparente de este escritor estadounidense que llegó a la Argentina para formar parte del festival Basado en Hechos Reales. Ahora, en el sexto piso del CCK, una eminencia viva de la profesión —miembro del staff de The New Yorker y autor de la famosa biografía de David Foster Wallace Todas las historias de amor son historias de fantasmas— responde las preguntas de, primero la escritora y periodista Ana Prieto, luego del público.

(Nicolás Stulberg)

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Parado sobre la mesa y de tapa dura, el libro en cuestión. David Foster Wallace se suicidó en 2008. Su esposa lo encontró al llegar a la casa: se había ahorcado. Dejó una obra extensa, una novela aclamada (La broma infinita, de 1996), varios libros de cuentos, muchos otros de no ficción y una obra póstuma (El rey pálido, que vio la luz en 2011). “Cuando murió, las heridas todavía estaban abiertas y nadie quería hablar, y bueno, eso es difícil para el periodista eso. Su gran pico lo tuvo con La broma infinita, pero después de su fallecimiento todo el mundo volvió a leerlo”, comenta. Wallace padecía una severa depresión que ni las pastillas ni la terapia electroconvulsiva lograron retenerlo mucho más de este lado de la vida. Cuatro años después salió su biografía, una obra gigante del periodismo, la mencionada de D.T. Max, que su primera línea es la siguiente: “Toda historia tiene un principio, y la de David Wallace empieza así.”

(Nicolás Stulberg)

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Ahora, en la sala 612, siendo alrededor de las 20 horas del viernes, el autor dice: “Él tenía un don medio raro sobre la no ficción y no confiaba mucho en ese don. Digamos que embellecía y masajeaba momentos. Por otro lado, yo creo que no le interesaba los sentimientos de las personas”. Luego, cuando alguien del público le preguntó sobre cuál fue su intención al escribir el libro, si acrecentar el mito o sepultarlo, dijo que ninguna de las dos. “No quería que piensen que estaba jugando sucio”. Se apegó a los hechos, a los testimonios, a las obras. Hizo su trabajo.

(Nicolás Stulberg)

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Y no le fue fácil construir ese libro. “El periodismo es tiempo. Tiene que preguntar una y otra vez. Cualquiera puede escribir clichés”, dice y cuenta que tuvo la suerte de nunca trabajar “para nadie que no le interese la verdad, pero el periodismo no es una almohada de plumas. Junto con los políticos, los periodistas somos los tipos menos respetados, pero no estoy de acuerdo con esa reputación”. Si todo reportero soñó con llegar a serlo, con buscar historias, con crear perfiles, con investigar, con incomodar, con —¿por qué no?— mejorar un poco el mundo, al menos discursivamente, arreglarlo, ¿esa meta se desploma en el fulgor de los nuevos tiempos voraces y efímeros? No para D.T. Max: “Hay un torrente de ausencia de verdad en la Casa Blanca, hoy en las redes sociales se puede decir cualquier cosa, sin embargo creo que este es un momento ideal para ser periodista”, dice y concluye: “Soy un periodista que trata de escribir bien”. En tiempos donde la opinión destrona los hechos y la velocidad se carga a la paciencia, lograr algo tan simple como “escribir bien” parece un imposible. Todavía quedan malabaristas narrativos, esos que se permiten cualquier cosa, menos caer en el cliché.